ANN ROSE NU TAWNG: LA MONJA QUE OFRECIÓ SU VIDA

Ramon Radó – Revista Valors – valors.org

“Disparadme a mí”. Con la única protección del hábito blanco y un velo negro, Ann Rose Nu Tawng se plantó ante policías armados que disparaban contra jóvenes manifestantes en la ciudad de Myitkyina -en el norte de Birmania-, se arrodilló y les suplicó que se pararan.

El 8 de marzo de 2021, cuando Tawng se arrodilló, también lo hicieron dos de los policías con quienes hablaba. Les pidió que no cargaran ni detuvieran a los jóvenes que protestaban pacíficamente, entre los cuales había niños. Los policías le dijeron que ellos tenían la obligación de cumplir órdenes. “Si de verdad tenéis que disparar, disparadme a mí, por favor, daré mi vida”, respondió, asegurando que no se movería hasta que prometieran que no atacarían a los manifestantes. Más tarde ha explicado que estaba convencida de que aquel era el día en que moriría.

En un mundo de likes e imágenes virales, la estampa de una monja arrodillada con los brazos abiertos, en plena batalla campal, hablando con unos agentes de policía también arrodillados, enseguida fue saltando de teléfono en teléfono, de punta a punta del planeta. La protesta de Tawng hizo que el mundo volviera a mirar hacia Birmania, donde la madrugada del 1 de febrero de 2021 el ejército tomó el poder y detuvo la líder prodemocracia y Nobel de la Pau, Aung San Suu Kyi.

No era la primera vez que Tawng se plantaba ante las fuerzas de seguridad en una protesta. Quince días antes ya se había colocado entre policías y manifestantes pidiendo el fin de la violencia. Ya ha dicho que lo continuará haciendo para proteger a los niños y jóvenes de Myitkyina: “No puedo quedarme quieta sin hacer nada, viendo lo que está pasando ante mí, mientras todo Birmania está de luto”, afirma.

Ann Rose Nu Tawng, de 45 años, se encarga de una clínica médica en la ciudad de Myitkyina, capital del estado de Kachin. Desde el golpe de estado, se han acostumbrado a atender personas heridas en las protestas que reclaman el fin de la dictadura militar y la liberación de los presos políticos y que a menudo acaben con cargas policiales. Los últimos días, la junta militar ha aumentado el uso de la fuerza, con cañones de agua, balas de goma y gases lacrimógenos contra los manifestantes.

Pero el ruego de Ann Rose Nu Tawng no tiene un final feliz. Al poco de arrodillarse ante los policías, se empezaron a oír disparos. Dos monjas bajaron a ayudarla porque creían que su vida estaba en peligro. Entre las tres, recorrieron las calles para socorrer a los heridos y trasladarlos a la clínica. Rápidamente, el suelo del centro hospitalario se transformó en un mar de sangre. Con dificultades para respirar y cegadas por el gas lacrimógeno, encontraron un hombre tendido en el suelo, herido de bala, y lo llevaron a la clínica. Finalmente, el hombre murió y se añadió a la lista de víctimas de las últimas semanas en Birmania.

En un país de mayoría budista, Anne Rose Nu Tawng, una religiosa católica, se ha convertido en un símbolo de unidad en medio de inacabables episodios de violencia. Desde el 1 de febrero, hasta abril, más de doscientas personas han muerto y ha habido más de 1.800 detenidos en las protestas contra el golpe de estado. El gesto de la hermana Ann quizás ha hecho que, durante un rato, el mundo mirara hacia Birmania, pero no ha servido para parar la violencia.

 

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