EDUCAR PARA LA SOLIDARIDAD

Según Sara Sánchez: “Los padres tenemos en nuestras espaldas una gran responsabilidad para educar nuestros hijos, inculcándoles valores y emociones que les conviertan en las personas que serán en el futuro. Uno de los principales valores que tenemos que enseñar a nuestros hijos es el de la solidaridad, que les permitirá establecer relaciones empáticas (*) de colaboración con otras personas. La solidaridad es el valor humano que nos inclina a ayudar a los demás sin recibir nada a cambio. Siempre que queramos enseñar a nuestros hijos a ser solidarios tenemos que predicar con el ejemplo, es decir, que vean que las personas más solidarias son sus padres e imiten esta manera de ser cuando sean mayores. Esta actitud es una de las mejores riquezas que les podemos dejar en herencia”. (* “Empatía” es la capacidad de entender la postura de los demás y vivir como propios sus sentimientos).

El ejemplo es siempre la mejor escuela, puesto que la verdadera educación en valores consiste en la transmisión de conductas. Los niños aprenden mediante modelos y resulta difícil pedirles que sean solidarios si no ven, habitualmente en casa, que sus padres lo son. En general, los niños aprenden más de aquello que hacemos los padres que de lo que les decimos, porque son imitadores y están pendientes de todas nuestras actuaciones. Por este motivo, muchos expertos aseguran que los valores son una especie de hábitos que se van adquiriendo de manera inconsciente en el núcleo familiar.

Pero los valores no pueden imponerse. El niño no adoptará un valor si no quiere, por obligación, puesto que cuando se deje de insistir hará lo que le parezca mejor. Si no quiere actuar como tú querrías, no lo obligues, puesto que no se pueden imponer valores a la fuerza. Inculcar valores a los hijos es una tarea que tiene que iniciarse desde muy pequeños, a base de paciencia, constancia y cordura.

La solidaridad es uno de los valores humanos más importantes y consiste en ayudar personalmente o colaborar con otros para conseguir un objetivo. Todas las personas necesitan a los demás en algún momento, por lo que los niños tendrán que aprender que la solidaridad es necesaria para vivir en un mundo mejor. Hay que enseñarles que es necesario ayudar a los que lo necesiten sin tener la obligación de hacerlo, y explicarles que es un gesto gratuito del cual lo único que se obtiene es la satisfacción interna de haberlo hecho.

También es importante que, a la vez que se les enseña a ser solidarios, se les inculquen otros valores como la generosidad, la bondad y la sinceridad, y a compartir sus juegos con los demás niños, así como la importancia de jugar con los demás y no contra ellos, para que aprendan la importancia de pasarlo bien y no de ganar exclusivamente.

Navidad es el momento ideal para aprender el significado de la solidaridad, aunque éste se tiene que enseñar durante todo el año. Los niños tienen que aprender que hay otras personas que no son tan afortunadas en esta época del año, niños que no sólo no reciben regalos ni juguetes, sino que no tienen ni siquiera para comer. Así, se les puede explicar que hay gente que necesita ayuda y que ellos se la pueden ofrecer; proponerles ir juntos a alguna entidad existente en la zona, donde recogen ropa, juguetes o alimentos para los más desfavorecidos; hacer una donación…

Si se quiere fomentar la solidaridad, será oportuno que los niños vivan en un hogar donde siempre haya tiempo para ayudar a los otros y donde se escuchen mensajes como “voy a llevar ropa a Cáritas para los pobres”, “vamos a hacer la compra de la abuela porque está enferma”, etc. Además de enseñarles cómo se tiene que actuar con los demás, se les puede hacer poner en el lugar del otro, de forma que entiendan la importancia de su ayuda cuando es realmente necesaria.

La solidaridad une a los niños; cuando participan con su colegio en una campaña solidaria se produce una unión con los compañeros que participan de la misma y con los niños que se enfrentan a alguna necesidad y reciben la ayuda. Su ayuda es importante, pero lo más importante es cuando ellos crecen con el desafío de ser cada día mejores personas.

Además de predicar con el ejemplo de los padres y de los colegios, hay otras posibilidades de educar para la solidaridad y cada educador tiene que escoger las que más se adapten a sus circunstancias.

Entrando en el terreno personal, recuerdo que mi padre, que nació en 1918, me explicaba que de pequeño leía la revista juvenil “En Patufet” donde se publicaban los relatos “Pàgines Viscudes” de Josep Maria Folch i Torres, con ilustraciones de Joan G. Junceda, y que fueron muy populares en aquella época. Pues bien, estos relatos, que eran muy sentimentales-idealistas-moralistas, dejaron una gran huella en su manera de sentir y de hacer y los recordó toda la vida, y puedo asegurar que esta huella dio muy buenos frutos. Es decir que, además de la formación que pudiera haber recibido, la lectura continuada de unos textos adecuados durante su niñez contribuyó y mucho en su educación para la solidaridad.

Saltándome dos generaciones y hablando de mis nietos, he constatado que también ellos disponen de cuentos actuales moralizantes (aunque no tan dramáticos como los de Folch i Torres) y que les pueden ser de mucho provecho. Pero también estoy viendo que tienen a su alcance otros medios de recreo que les pueden hacer más mal que bien, como lo son las series televisivas de dibujos animados violentos, algunas competiciones deportivas demasiado competitivas (¿o quizás debería decir “combativas”?), etc. Por lo tanto, hay que tener mucho cuidado con lo que se entretienen los niños y niñas.

La capacidad de ser solidarios es el final de un proceso de formación moral que empezó en la niñez, con el aprendizaje de aquello que es bueno y aquello que es malo. Al empatizar con las personas más desvalidas empieza a surgir, tanto en el niño como en el adolescente, la compasión que mueve a ayudar al prójimo. Un proceso que culmina cuando la persona se integra en sí misma la preocupación solidaria por los derechos humanos de todos los que formamos parte de la sociedad.

Karl A. Menninger dijo: “Lo que se dé a los niños, los niños lo darán a la sociedad”.

 

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