RACHEL CORRIE

Como todos seguramente recordaremos, el mes de julio de 2014 se inició, por enésima vez, un conflicto bélico sobre la denominada Franja de Gaza (Palestina) al ser atacada por el ejército israelí como represalia por el secuestro y asesinato de tres adolescentes israelíes.

Aunque la versión del gobierno de Israel dice que sólo pretendían atacar los asentamientos del Movimiento de Resistencia Islámica (Hamás) y acabar con los ataques de cohetes desde Gaza a Israel, la verdad es que después de 50 días de mucha violencia y destrucción con casi un único combatiendo (Israel), según Unicef, más de 500 niños palestinos murieron, unos 3.000 resultaron heridos, más de 50.000 se quedaron sin hogar y unos 1.500 se convirtieron en huérfanos, además de centenares de miles que se vieron afectados de una manera u otra. Si esto es lo que les pasó a los niños, ¡que no les debió pasar a los mayores! Además, el ejército israelí destruyó buena parte de las infraestructuras de Gaza como, por ejemplo, redes de agua y electricidad, hospitales, colegios, fábricas, etc.

De ataques como el de 2014, la Franja de Gaza ha sufrido también en 2012, 2009, 2008, 2007, 2006, 2004…

La Franja de Gaza tiene una población de más de 1,5 millones de personas que viven en una superficie de sólo 360 Km2. El 80% de esta población depende de la ayuda internacional para sobrevivir, puesto que hace muchos años que está bloqueada por Israel y, por lo tanto, sus habitantes tienen carencias de trabajo, educación, asistencia médica y otros bienes de primera necesidad.

Rachel Corrie nació el 10 de abril de 1979 en Olympia (Washington, EE.UU.), y murió el 16 de marzo de 2003 en Rafah (Franja de Gaza), cuando todavía no había cumplido 24 años, aplastada por una excavadora del ejército israelí, cuando intentaba impedir que derrocaran una casa palestina.

Rachel estudió Ciencias Políticas en la Universidad de Evergreen (EE.UU.). Se unió al Movimiento de Solidaridad Internacional (ISM), una organización de resistencia directa no violenta a la ocupación israelí de las tierras palestinas, y en enero de 2003 viajó junto con otros 7 voluntarios británicos y norteamericanos a la Franja de Gaza, donde moriría dos meses después, tal como se ha dicho antes.

Los detalles de la muerte de Rachel son confusos. La investigación militar israelí lo consideró un accidente, mientras que algunos testigos afirman que fue un acto deliberado.

Según Amnistía Internacional, el ejército israelí ha destruido miles de hogares palestinos en los territorios ocupados, así como extensas áreas de cultivo e infraestructuras de suministro de agua y electricidad en zonas urbanas y rurales. Las excavadoras empleadas en las demoliciones han matado otros civiles palestinos, pero hasta ahora no se ha hecho ninguna investigación precisa de estos hechos.

Paz Alarcón ha escrito sobre Rachel:

Rachel había llegado a la adolescencia con la confusión tan propia de esta edad. La vida tranquila de una ciudad de provincias no era lo que le satisfacía. Eran muchas las preguntas, muchas las inquietudes, mucho el desconcierto que rondaba siempre por su cabeza. No le gustaba el mundo que descubría a su alrededor y sentía la necesidad de buscar algo que diera sentido y orientación a su vida. Fue en esta época cuando visitó Rusia. A raíz de este viaje empezó a rechazar la cultura consumista, quería ser diferente de sus hermanos empresarios, emprendedores, licenciados y vestidos estilo Yale. Y decidió ser escritora. Todo lo que pensaba Rachel lo sabemos por sus escritos. Ya de pequeña había llenado páginas con lo que veía a través de sus ojos infantiles. En las páginas de su diario expresaba sus ansiedades, la forma en la cual entendía la libertad, sus sueños, su concepto del mundo. Poco antes de viajar a Palestina le escribía a su madre: “Quiero escribir y quiero ver. ¿De qué escribiría si me quedara en la casita de muñecas, en el mundo florido en el cual crecí? Te quiero, pero se me ha quedado pequeño el mundo que me diste”.

Rachel miró de hacer frente a la realidad del mundo y asumió la responsabilidad de hacer algo. El 25 de enero de 2003 llegó a Rafah. Como ciudadana de los Estados Unidos creía que tenía una responsabilidad especial de defender a los palestinos contra armas fabricadas por su país. Creía que la presencia de “internacionales” muy visibles podría frenar las incursiones israelíes: “El ejército israelí sabe que tendría muchas dificultades si disparara a un ciudadano americano desarmado…”. En el fondo, Rachel intentaba aprovecharse de lo que más odiaba: la creencia que la vida de un ciudadano americano era más valiosa que las otras.

Gran parte de su activismo en Rafah fue hacer de escudo humano: dormía en casas de familias palestinas para impedir que las derrocaran, se plantaba junto a los pozos de agua para que no los destruyeran o escoltaba los niños a la escuela. Cuando apenas llevaba unas semanas en la Franja, ya se llevó un susto con una excavadora. Salió con unos niños al paso de un Bulldozer y la pala no se paró: “Nos fue empujando hasta arrinconarnos contra una pared y tuvimos que saltar desde la ventana… ¿Como pueden actuar así unos seres humanos?”
El abismo entre su mundo y el que estaba viviendo era palpable: “Hace dos semanas y una hora que estoy en Palestina y todavía no encuentro palabras para describir lo que estoy viendo”. Le parecía sorprendente que los palestinos pudieran mantener alta su humanidad a pesar del horror en el cual se habían convertido sus vidas y la constante presencia de la muerte. “He descubierto una fuerza y una resistencia esenciales en los seres humanos para mantener su humanidad en las circunstancias más terribles, algo que no conocía. Creo que la palabra es dignidad”.

En sus escritos, Rachel hizo también reflexiones políticas. La responsabilidad la cargaba contra el Gobierno de Israel, no contra el pueblo judío: “El pueblo de Israel está sufriendo y los judíos han vivido una larga historia de opresión. Creo que es importante distinguir con claridad entre la política de Israel como Estado y el pueblo judío. Es fácil, pero existe mucha presión para que se mezclen ambas cosas”.

Para Rachel, la mayoría de los palestinos participaban en una resistencia ghandiana no violenta. Algo que creía titánico después de la situación a la cual estaban sometidos: hogares destrozados, fuentes de ingresos destruidas, infraestructuras cerradas. Se preguntaba si nosotros no recurriríamos a algún tipo de violencia si nos sacaran de nuestras casas, nos estrangularan nuestro medio de vida y supiéramos que en cualquier momento podían venir a por nosotros los soldados y las excavadoras.

Asustada por lo que estaba pasando, Rachel habla directamente de genocidio: “Cuando todos los medios para subsistir en un redil como es Gaza, del cual la gente no puede salir, son amputados, creo que a esto se le puede llamar genocidio”. El 16 de marzo Rachel había ido a Rafah para oponerse una vez más a los derribos. Se sentó en tierra, con su chaleco naranja, frente a una de las casas que iban a derrocar. Una excavadora Caterpillar, de fabricación norteamericana, conducida por un soldado israelí, le pasó por encima y la mató.

Cuando Rachel tenía apenas 10 años, ya expresó sus deseos humanitarios en una jornada sobre el hambre en el mundo que celebraba su colegio. Estas son algunas de las cosas que dijo: “Mi sueño es parar el hambre antes del año 2000. Mi sueño es darles una oportunidad a los pobres. Mi sueño es salvar las 40.000 personas que mueren cada día. Mi sueño es posible y se hará realidad si todos miramos hacia el futuro…”. Años después, cuando viajó a Gaza y vio lo que pasaba allí, decía que los niños americanos no podían imaginar que sucedieran cosas tan terribles a niños de otros lugares del mundo, atormentados por una guerra que hacía que un día pudieran despertarse sin casa y al día siguiente sin padres.

Este texto es parte del contenido de la última carta que escribió Rachel a sus padres:

“Esto tiene que acabar. Tenemos que abandonar todo el resto y dedicar nuestras vidas a conseguir que esto se acabe. No creo que haya nada más urgente. Yo quiero poder bailar, tener amigos y enamorados, y dibujar historietas para mis compañeros. Pero, antes, quiero que esto se acabe. Lo que siento se llama incredulidad y horror. Decepción. Me deprime pensar que ésta es la realidad básica de nuestro mundo y que, de hecho, todos participamos en lo que ocurre. No fue esto lo que yo quería cuando me trajeron a esta vida. No es esto lo que esperaba la gente de aquí cuando vine al mundo. Éste no es el mundo en que tú y papa queríais que viviera cuando decidisteis tenerme.”

Rachel tuvo una vida muy corta pero plenamente solidaria.

Con los diarios de Rachel Corrie se hizo una obra teatral que en la versión catalana se llama “El meu nom és Rachel Corrie”.

 

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