MÁS CUENTOS

ACTO DE SOBERBIA


Un día el viejo león se despertó y conforme se desperezaba se dijo que no recordaba haberse sentido tan bien en su vida.

El león se sentía tan lleno de vida, tan saludable y fuerte que pensó que no habría en el mundo nada que lo pudiese vencer. Con este sentimiento de grandeza, se encaminó hacia la selva, allí se encontró con una víbora a la que paró para preguntarle.

“Dime, víbora, ¿quien es el rey de la selva?”

“Tu, por supuesto” le respondió la víbora, alejándose del león a toda marcha.
El siguiente animal que se encontró fue un cocodrilo, que estaba adormecido cerca de una charca.

El león se acercó y le preguntó: “Cocodrilo, dime ¿quien es el rey de la selva?”

“¿Por qué me lo preguntas?” le dijo el cocodrilo, “si sabes que eres tu el rey de la selva.”

Así continuó toda la mañana, a cuanto animal le preguntaba todos le respondían que el rey de la selva era el.

Pero, hete ahí que de pronto, le salió al paso un elefante.
“Dime elefante”, le preguntó el león ensoberbecido “¿sabes quién es el rey de la selva?”

Por toda respuesta, el elefante enroscó al león con su trompa levantándolo cual si fuera una pelota, lo tiraba al aire y lo volvía a recoger… hasta que lo arrojó al suelo poniendo sobre el magullado y dolorido león su inmensa pata.

“Muy bien, basta ya, lo entiendo” atinó a farfullar el dolorido león, “pero no hay necesidad de que te enfurezcas tanto porque no sepas la respuesta.”

 

EL LADRILLAZO

José iba en su nuevo Jaguar a mucha velocidad un poco tarde para el trabajo. Su Jaguar rojo y brillante era una de sus mas preciadas posesiones. De repente un ladrillo se estrella en la puerta trasera.
José frenó el coche y le dio marcha atrás hasta el lugar de donde había salido el ladrillo. Se bajó del coche y vio a un niño en la acera y lo agarra y lo sacude gritándole: “¿Qué demonios andas haciendo? ¡Te va a costar caro lo que le hiciste a mi coche! ¿Por qué tiraste el ladrillo?”

El niño, llorando, le contestó “Lo siento, señor, pero no sabía qué hacer. Mi hermano se cayó de su silla de ruedas y está lastimado, y no lo puedo levantar yo solo. Nadie quería detenerse a ayudarme!”

José sintió un nudo en la garganta y fue a levantar al joven a su silla de ruedas, y vio que los daños del coche eran menores, y que no estaba en peligro.
Mientras el niño empujaba a su hermano en la silla de ruedas hacia su casa, José caminó lentamente a su Jaguar, pensando.

José nunca llevó el coche a reparar, dejó la puerta como estaba, para hacerle recordar que no debía ir a por la vida tan aprisa que alguien tuviera que tirarle un ladrillo para llamar su atención.

Qué tal contigo, ¿has recibido algún ladrillazo últimamente?

 

 

 

EL COPO DE NIEVE

Una vez, un gorrión preguntó a un palomo de bosque:
– ¿Cuanto pesa, un copo de nieve?
Y el palomo le dijo:
–No pesa nada.
– ¿Nada? -dijo el gorrión- pues mira, escucha esta historia que me pasó hace tiempo, a ver qué te parece:
“Un día me paré en la rama de un abeto, justo donde la rama se junta con el tronco.
Al cabo de un rato empezó a nevar, pero muy poquito, muy levemente…

Cómo no tenía nada que hacer, me puse a contar los copos que iban cayendo encima de aquella rama. Conté 3.741.952.

Cuando cayó el siguiente, el que hacía 3.741.953, pequeño, leve, que no pesaba nada, tal como tú dices… la rama se rompió.”
Acabado su relato, el gorrión se marchó volando… y el palomo, después de reflexionar un rato, se dijo:

“Quizás solo hace falta la voz de una persona más, para que venga la paz al mundo”

Adaptación libre del cuento de Kurt Kauter

 

  

EL LUGAR DE REUNIÓN


Cierto día salieron a pasear juntas por un lugar, donde se celebraba una bonita fiesta, la Ciencia, la Fortuna, la Resignación y la Honradez.

En el camino dijo la Ciencia: “Amigas, como puede darse el caso de que nos perdamos unas de otras en la fiesta, es bueno convenir el lugar donde podamos encontrarnos de nuevo; a mí podéis encontrarme en la biblioteca de aquel sabio médico, el doctor X que, como sabéis, es uno de mis viejos y mejores amigos.”
La Fortuna dijo: “Yo me iré a esperarlas en el lujoso palacio de aquel poderoso millonario a quien, como sabéis, siempre acompaño.”

La Resignación dijo a su vez: “A mí me encontraréis en la pobre y triste choza de aquel viejecito a quien con tanta frecuencia veo, y quien, sin exhalar jamás una queja, ha vivido tantos años sufriendo los horrores de su negra suerte.”

Como notasen las compañeras que la Honradez se mantenía callada, le preguntaron: “A ti, amiga, ¿donde te encontraremos?”

La Honradez, bajando tristemente la frente, respondió: “A mí, quien una vez me pierde, difícilmente me vuelve a encontrar.”

 

 

EL SOLDADO HERIDO

Durante la Gran Guerra, un soldado cayó gravemente herido en el campo de batalla. Pasó muchas horas herido en el suelo, pero por allí no pasaba nadie. Finalmente, un pasó un coronel, seguido de unos cuántos suboficiales. Un sargento vio que aquel hombre todavía estaba vivo, y le dijo al coronel:

– Señor, aquí hay un hombre que todavía se mueve.

El coronel se lo miró, y al ver sus heridas, dijo:

– No hace falta que hagamos nada. Este hombre ya no sirve para luchar. Dejémoslo aquí.

Más tarde, pasó un grupo de soldados, entre los cuales había el médico de la unidad. Uno de ellos se dio cuenta que el hombre estaba vivo, y fue a llamar al doctor.

– ¡Doctor, doctor! ¡Este hombre todavía está vivo!

El doctor lo examinó, pero al ver aquellas heridas tan feas dijo:

– No hace falta que nos lo llevamos. El hospital ya está lleno. Y este hombre no lo salvaremos.

Más tarde pasó un vehículo con un grupo de soldados. Se dedicaban a recoger los fusiles y la munición de los que ya estaban muertos. Se acercaron a nuestro hombre y, mientras le estaban cogiendo el fusil, él consiguió dirigirles estas palabras:

– ¡Por favor! ¡Por favor!

– ¡Sargento! ¡Aquí hay un hombre vivo!

El sargento se acercó, lo miró de arriba abajo, y frío como el hielo dijo:

– Nuestras órdenes son recoger fusiles, no heridos. Además, el vehículo ya va muy cargado de peso, no podemos llevarnos a nadie más. Ya se hará cargo la ambulancia.

– ¡Por favor! –todavía dijo el herido.

– Tranquilo. Cuando lleguemos a la Unidad les diremos donde estás para que envíen la ambulancia.
Pasaron las horas lentamente y por allá no vendía ninguna ambulancia. Finalmente se hizo de noche.

El soldado herido tuvo unos sueños terribles. Uno a uno, veía desfilar delante suyo los rostros de sus compañeros y superiores de la Unidad, que se reían de él y decían «Ya no sirve para nada. Está más muerto que vivo. No es nuestro problema. Dejémoslo aquí. Dejémoslo.».

Al día siguiente por la mañana, el soldado se despertó con el rostro bañado por el sol. Había aceptado ya que moriría allí, y rogaba a Dios para que se lo llevara pronto y no alargara más su sufrimiento. Entonces oyó un rumor. Eran tres soldados enemigos que pasaban por allí. «Si el enemigo me ve, me dispararán, y así ya no sufriré más», pensó. El hombre levantó un brazo para hacerse ver.

Uno de los soldados enemigos vio que se movia, y en una lengua desconocida, llamó a los otros. Los tres se acercaron. Murmuraban entre ellos.

Entonces uno sacó una pequeña hacha, se agachó, y dijo “no-sé-qué” al soldado herido. Se dio media vuelta y marchó. Los otros buscaron en sus mochilas y, finalmente, sacaron una manta. El hombre del hacha volvió con dos palos muy largos. Con la manta y los palos construyeron una litera, cargaron al herido, y se lo llevaron.
Lo llevaron al hospital del cuartel enemigo, donde le cosieron las heridas y le dieron de comer y de beber.

Se pasó un mes en aquel hospital, pero finalmente vivió.

Al acabar la guerra, el hombre intentó encontrar aquellos tres soldados enemigos que se habían convertido en sus mejores amigos, pero no sabía nada de ellos y no los pudo encontrar.

Cada noche rogaba a Dios y le pedía que, estuvieran donde estuvieran, aquellos tres hombres vivieran felices y no carecieran nunca de nada. Y casi seguro que así era.

Jordi Medina

 

  

LOS DOS CESTOS

Había una vez un anciano y una anciana. El anciano tenía un pájaro al cual quería y cuidaba muchísimo. Un día, el anciano tuvo que irse de casa por una temporada y le pidió a su mujer que cuidara del pájaro y le diera de comer y beber cada día. La mujer le prometió que lo haría y el anciano partió tranquilo.

Pero la mujer, preocupada solo por sus asuntos, se olvidó del pájaro y no le dio de comer ni un solo día. El trabajo de la anciana consistía en recoger el trigo y hacerlo secar. Para que se secara, lo dejaba en un bol en el alféizar de la ventana.

Así pasaron los días, hasta que el pájaro, medio muerto ya de hambre, mordió las rejas de la jaula, escapó y se comió todo el trigo de la anciana. Cuando esta se dio cuenta, se enfadó tanto que echó el pájaro de la casa.

Al cabo de un tiempo volvió el anciano y la mujer le dijo que el pájaro se había escapado. El hombre, que lo quería mucho, se puso muy triste, y al ver que no volvía, decidió ir al bosque a buscarlo. Buscó y llamó al pájaro por todo el bosque, hasta que finalmente dio con él.

El anciano le pidió que volviera con él, pero el animal le dijo que ya estaba bien en el bosque. El hombre se quedó un rato haciendo compañía al pájaro y, cuando ya iba a reresar a su casa, el pájaro le puso ante dos cestos, un grande y otro pequeño, y le dijo que se quedara con uno como regalo. El hombre le dio las gracias:
– Si no puedo hacerte cambiar de idea, dame el cesto pequeño – y de este modo, el hombre se fue a su casa con el cesto pequeño.

Al llegar a casa, se lo explicó todo a su mujer y abrió el cesto. Y cual fue su sorpresa al ver que estaba lleno de oro, plata y piedras preciosas. La mujer, con los ojos brillantes de codicia, dijo al anciano:

– Di donde está el pájaro, que yo seré más lista que tú y cogeré el cesto más grande.

La anciana se dirigió hacia el bosque y encontró al pájaro:

– ¡Oh, pajarito, cuánto te he echado de menos! – dijo la mujer. – Te he estado buscando tanto tiempo, que ahora mismo quiero un regalo como recuerdo de este momento.

El pájaro, que fingió haber olvidado que la anciana lo había echado de casa, le puso dos cestos delante, un grande y otro pequeño, y la hizo escoger. La anciana, sin pensarlo dos veces, cogió el grande y, avariciosa como era, se fue sin darle ni las gracias al pájaro.

Cuando llegó a casa, metió las manos en el cesto pensante encontrar grandes cantidades de oro y joyas. Pero cual fue su susto al encontrarse el cesto lleno de serpientes y escorpiones que se retorcían intentando salir. Y la vieja se asustó tanto, que huyó de la casa.

Y, según dicen, todavía hoy huye de un lado para otro sin saber donde esconderse.

 

 

LA FELICIDAD DE NO DEPENDER


La historia se refiere a un individuo que se mudó de aldea, en la India, y se encontró con lo que allí llaman un sennyasi. Este es un mendicante errante, una persona que, tras haber alcanzado la iluminación, comprende que el mundo entero es su hogar, el cielo su techo y Dios su Padre, que cuidará de él. Entonces se traslada de un lugar al otro, tal como tú y yo nos trasladaríamos de una habitación a otra de nuestro hogar.

Al encontrarse con el sennyasi, el aldeano dijo:

“¡No lo puedo creer! Anoche soñé con usted. Soñé que el Señor me decía:

-Mañana por la mañana abandonarás la aldea, hacia las once, y te encontrarás con este sennyasi errante- y aquí me encontré con usted.”

“¿Qué más le dijo el Señor?” Preguntó el sennyasi.

Me dijo: “Si el hombre te da una piedra preciosa que posée, serás el hombre más rico del mundo … ¿Me daría usted la piedra?”

Entonces el sennyasi revolvió en un pequeño zurrón que llevaba y dijo:

“¿Será ésta la piedra de la cual usted hablaba?”

El aldeano no podía dar crédito a sus ojos, porque era un diamante, el diamante más grande del mundo. “¿Podría quedármelo?”

“Por supuesto, puede conservarlo; lo encontré en un bosque. Es para usted.”

Siguió su camino y se sentó bajo un árbol, en las afueras de la aldea. El aldeano tomó el diamante y ¡qué inmensa fue su dicha! Como lo es la nuestra el día en que obtenemos algo que realmente deseamos.

El aldeano en vez de ir a su hogar, permaneció todo el día sentado bajo el árbol, sumido en meditación.

Al caer la tarde, se dirigió al árbol bajo el cual estaba sentado el sennyasi, le devolvió a éste el diamante y dijo: “¿Podría hacerme un favor?”
“¿Cuál?” le pregunto el sennyasi.

“Podría darme la riqueza que le permite a usted deshacerse de esta piedra preciosa tan fácilmente?”

(Esto, aunque no lo sepamos… ¡está al alcance de cada uno de nosotros!)

 

 

 

 LA RANA SORDA

Un grupo de ranas viajaba por el bosque y, de repente, dos de ellas cayeron en un hoyo profundo.
Todas las demás ranas se reunieron alrededor del hoyo. Cuando vieron cuán hondo era, dijeron a las dos ranas que estaban en el fondo, que para efectos prácticos, se debían dar por muertas.
Las dos ranas no hicieron caso a los comentarios de sus amigas y siguieron tratando de saltar fuera del hoyo con todas sus fuerzas.
Las otras ranas seguían insistiendo que sus esfuerzos serían inútiles. Finalmente, una de las ranas puso atención a lo que las demás decían y se rindió. Se desplomó y murió.
La otra rana continuó saltando tan fuerte como le era posible.
La multitud de ranas le gritaba que dejara de sufrir y simplemente se dispusiera a morir, ya que no valía la pena seguir luchando.
Pero la rana saltaba cada vez con más fuerza hasta que finalmente saltó fuera del hoyo.
Cuando salió, las otras ranas le preguntaron: ¿no escuchaste lo que te decíamos?
La rana les explicó que era sorda. Ella pensó que las demás la estaban animando a esforzarse más para salir del hoyo.

Moraleja :
1. La palabra tiene poder de vida y muerte. Una palabra de aliento a alguien que se siente desanimado puede ayudar a levantarlo y finalizar el día.
2. Una palabra destructiva dicha a alguien que se encuentre desanimado puede ser lo que lo acabe de hundir. Tengamos cuidado con lo que decimos.
3. Una persona especial es la que se da tiempo para animar a otros.

 

 

 

TÁCTICA

Dicen que una vez, había un ciego sentado en un parque, con una gorra a sus pies y un cartel en el que, escrito con tiza blanca, decía: “POR FAVOR AYÚDEME, SOY CIEGO”.

Un creativo de publicidad que pasaba frente a él, se detuvo y observó unas pocas monedas en la gorra. Sin pedirle permiso tomó el cartel, le dio vuelta, y con una tiza escribió otro anuncio. Volvió a poner el pedazo de madera sobre los pies del ciego y se fue.

Por la tarde, el creativo volvió a pasar frente al ciego que pedía limosna. Ahora su gorra estaba llena de billetes y monedas. El ciego, reconociendo sus pasos, le preguntó si había sido él quien re-escribió su cartel y sobre todo, qué que era lo que había escrito allí. El publicista le contestó: “Nada que no sea tan cierto como tu anuncio, pero con otras palabras”. Sonrió y siguió su camino.

El ciego nunca lo supo, pero su nuevo cartel decía: “ESTAMOS EN PRIMAVERA, Y… YO NO PUEDO VERLA”
Cambia de táctica cuando algo no sale bien, y verás que puede que resulte mejor de esa manera.