EL ZORRO Y EL CUERVO (y 7 cuentos más)

EL ZORRO Y EL CUERVO

Era verano y el sol calentaba los campos, mientras una suave brisa hacía que el ambiente fuera agradable, y había un cuervo que además estaba especialmente contento, pues había robado un trozo de queso de una granja vecina ¡y le esperaba un gran banquete!

No muy lejos de allí, había un zorro que buscaba algo de comer, puesto que tenía tanta hambre que su estómago parecía que roncaba.

Pero, de golpe, vio que en las ramas de un árbol había un cuervo con un trozo de queso gigante muy contento. Al zorro inmediatamente se le hizo la boca agua viendo el trozo de queso y empezó a pensar la mejor manera de quitárselo. Y como el hambre agudiza el ingenio, se le ocurrió rápidamente una idea. Así que se dirigió hacia el cuervo y le dijo:

– ¡Muy buenos días señor Cuervo! He venido de tierras muy lejanas a escuchar su magnífico canto, puesto que me han dicho que su melódica voz nadie la iguala.

El cuervo miró al zorro con los ojos cada vez más vanidosos, mientras el zorro le halagaba su voz y le explicaba las maravillas que sobre ésta se contaban.

Así que el cuervo hinchó el pecho y se dispuso a cantar. Pero sólo abrir el pico, el trozo de queso que llevaba cayó directamente donde estaba el zorro, que no dudó en llevárselo a un lugar más tranquilo y comérselo mientras se reía del cuervo por vanidoso.
(Pero el cuervo aprendió la lección: Más vale no hacer caso de aquel que halaga sin ningún motivo concreto).

 

EL GRAN CONSEJO CELEBRADO POR LAS RATAS

Mixifuf, gato famoso, hacía tal estrago entre las Ratas, que apenas se veía una: la mayor parte estaban en el cementerio. Las pocas que quedaban vivas, no osando salir de su escondrijo, pasaban mil dificultades; y para aquellas desventuradas, Mixifuf no era ya un gato, sino el mismo diablo.

Cierta noche que el devorador de Ratas, que estaba casado, fue a encontrarse con su mujer y con la cual se entretuvo en un largo coloquio, las ratas supervivientes celebraron consejo en un rincón para tratar los asuntos del día. La Rata decana, que era una Rata prudente, dijo que cuanto antes había que poner a Mixifuf un cascabel en el cuello: así, cuando fuera de caza, lo oirían llegar y se esconderían en la madriguera. No se le ocurría ninguno otro remedio. A todas les pareció excelente. Sólo había una dificultad: ponerle el cascabel al gato. Decía una: “Lo que es yo, no se lo pongo; no soy panoli.” “Pues yo tampoco me atrevo”, replicaba la otra. Y sin hacer nada, se disolvió la asamblea.

 

El ASNO

Un día, un asno de una labradora cayó en un pozo. El animal se echó a llorar, mientras la labradora pensaba qué podía hacer. Finalmente decidió que el animal ya era viejo y el pozo seco, por lo que podía aprovecharlo para tapar el pozo, sin sacar al asno.

Pidió a todos sus vecinos que vinieran a ayudarla. Todos cogieron una pala y empezaron a echar tierra al pozo. El asno se dio cuenta de lo que pasaba y volvió a llorar desesperadamente. Después, con gran sorpresa para todos, se tranquilizó.

Después de unas cuantas paladas de tierra, la labradora miró al fondo del pozo y se sorprendió de lo que vio: a cada palada de tierra, el asno se sacudía la tierra y daba un paso arriba. Mientras los vecinos seguían echando tierra encima del animal, él se la sacudía y daba otro paso arriba.

Pronto vieron sorprendidos como el asno llegaba hasta la boca del pozo y salía trotando.

(La vida nos echará a menudo tierra encima, todo tipo de tierra… ¡pero tenemos que saber expulsárnosla y dar un paso arriba!).

 

LAS TRES REJAS

El joven discípulo de un filósofo llega a casa de éste y le dice:

–Escucha, maestro, un amigo tuyo ha estado hablando mal de ti con malevolencia…

–¡Espera! –lo interrumpe el filósofo–, ¿ya has hecho pasar por las tres rejas aquello que quieres contarme?

–¿Las tres rejas?

–Sí. La primera es la verdad. ¿Estás seguro que aquello que quieres decirme es absolutamente cierto?

–No. Lo oí comentar a unos vecinos.

–Por lo menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Esto que deseas decirme, ¿es bueno para alguien?

–No, en realidad no lo es. Al contrario.

–¡Ah, vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber esto que tanto te inquieta?

–Si te digo la verdad, no.

–¿Entonces…?

 

EL ÁGUILA Y LOS GALLOS

Dos gallos se peleaban por los favores de las gallinas en un gallinero; al final uno echó al otro.

El vencido se retiró resignadamente detrás de unos matorrales, escondiéndose allí. En cambio, el vencedor subió orgulloso a una tapia alta poniéndose a cantar tan fuerte como pudo.

Pero no tardó un águila a echársele encima y raptarlo. Desde entonces el que había perdido el combate se quedó con todo el gallinero.

(A quien se vanagloria de sus propios éxitos, no le tarda en aparecer quien se los tome).

 

EL ZORRO Y LA UVA

Había un zorro muy hambriento, y al ver colgando de una parra unas deliciosas uvas, quiso atraparlas con su boca.
Pero como no podía cogerlas, se alejó diciéndose:

– ¡No me gustan! ¡Están tan verdes!

 

EL ZORRO QUE LLENÓ LA BARRIGA

Un zorro hambriento encontró dentro de un tronco de una encina unos trozos de carne y de pan que unos pastores habían dejado escondidos en un agujero. Y entrando por este agujero, se los comió todos.

Pero de tanto que comió se le agrandó la barriga de tal forma que no pudo salir. Empezó a gemir y a lamentarse del problema que había tenido.

Por casualidad pasó por allí otro zorro, y sintiendo los gemidos se le acercó y le preguntó qué le sucedía. Y cuando el zorro se lo hubo explicado, le dijo:

– Pues estés tranquilo hermano hasta que vuelvas a tener la misma forma que tenías, entonces ¡seguro que podrás salir fácilmente y sin problema!

(Con paciencia se resuelven muchos problemas).

EL MISTERIO DEL ELEFANTE

Cuando era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran sus animales.
Especialmente me llamaba la atención el elefante.
Durante la función, la enorme bestia hacia alarde de peso, tamaño y fuerza descomunal… pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo.
Sin embargo, la estaca era solo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir.
El misterio es evidente:
¿Qué lo mantiene entonces?.
¿Por qué no huye?
Cuando tenia cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes.
Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a algún tío por el misterio del elefante.
Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado.
Hice entonces la pregunta obvia:
Si está amaestrado… ¿Por qué lo encadenan?
No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente.
Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca… y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.
Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta:
“El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy pequeño”.
Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse.
Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él.
Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que seguía…
Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.
Él mantiene el recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que se siente poco después de nacer.
Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo. Jamás… jamás intentó poner a prueba su fuerza otra vez…
Cada uno de nosotros somos un poco como ese elefante:
“Vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad.”