LA TRAGEDIA DEL PRESTIGE

El 13 de noviembre de 2002, un viejo petrolero que transportaba 77.000 toneladas de hidrocarburos de Letonia a Gibraltar se encontraba a la deriva frente a las costas de Muxía (Galicia) después de ser golpeado por un temporal. El barco navegó durante varias horas con oleadas de 6 metros y vientos muy fuertes, perdiendo gran cantidad de fuel por una grieta que se había abierto en el casco. Las autoridades españolas denegaron al petrolero el permiso para acercarse a cualquier puerto del país.

Una semana después, el 19 de noviembre del 2002, el barco se partió en dos y se hundió a una profundidad de 3.850 metros a 133 millas del cabo de Fisterra. Así empezó el desastre del Prestige, un deteriorado barco monocasco con 26 años de antigüedad, con bandera de conveniencia de las Bahamas, que no había pasado ninguna revisión a fondo desde el 1999.

El hundimiento del Prestige provocó una inmensa marea negra que afectó una ancha zona comprendida entre el norte de Portugal y Les Landes de Francia. Cerca de 2.000 Km. de costa se vieron afectados por el popularmente llamado “chapapote”, teniendo una especial incidencia en Galicia y originando un desastre ecológico de grandes proporciones.

La parte afectada de la costa no sólo tenía gran importancia ecológica (como es el caso de las Rías Baixas), sino también una notable industria pesquera.

La marea negra del Prestige supuso daños por valor de unos 4.328 millones de euros para España, de los cuales 2.439 millones correspondían a Galicia, aunque los números podrían ser mayores debido a la alta dependencia que tiene esta comunidad del sector pesquero, señaló la perito de la Fiscalía, Maria Loureiro.

Desde el desastre, los petroleros monocasco están prohibidos en toda la Unión Europea.

Diez años de investigación judicial, nuevo meses de juicio y, al final, la causa más grande en España por un delito medioambiental se ha resuelto con una única condena: la del viejo capitán del barco, el griego Apostolos Mangouras, por un delito de desobediencia grave a las autoridades españolas, puesto que tardó tres horas en aceptar el remolque del barco, en peligro y derramando fuel, cuando sufrió el accidente frente a las costas gallegas. La condena fue de 9 meses de prisión, que no tendrá que cumplir.

El estado español quedó libre de toda culpa, aunque fuera muy cuestionada social y políticamente su gestión del accidente antes, durando y después del mismo.

También se libraron de la sentencia algunas partes del entramado empresarial del Prestige, concretamente la empresa armadora Universe Maritime y la firma que expidió el último certificado de navegabilidad del barco, la clasificadora American Bureau of Shipping (ABS).

España se gastó en vano 30 millones de euros intentando llevar a pleito la sociedad de los EE. UU. ABS, uno de los líderes mundiales en su sector, al considerar más que probado que el viejo petrolero estaba en tan malas condiciones que nunca tendría que haber obtenido, salvo que fuera de manera fraudulenta, los permisos para navegar.

Miles de personas anónimas, tanto locales como provenientes de todos los rincones de España, acudieron inmediatamente a aquellas costas para ayudar a limpiarlas, convirtiéndose en los protagonistas de la costa gallega durante mucho tiempo, en el que fue uno de los mayores actos de solidaridad que se recuerdan.

“El primer día había dos o tres personas; el segundo día continuamos unos cuántos más con pocas herramientas, pero el tercer día, cuando llegué al aparcamiento no me lo podía creer, había un montón de coches. Se duplicó la población de Oia (Pontevedra), donde vivimos unas 3.000 personas y había más de 4.000 voluntarios, era increíble”, explicaba un vecino emocionado.

“Fue un ejemplo de solidaridad. Al principio pusimos nuestros medios. Después, el alcalde nos reunió para concretar qué podíamos hacer y cómo teníamos que organizar todos los voluntarios que iban llegando.”

Un voluntario explicó “todos aportaban su granito de arena: el médico se encargaba de revisar los ojos de quienes limpiaban “chapapote”, el carpintero les hacía cubos para retirarlo, una pareja de ancianos les preparaba bocadillos, etc.”.

“Tenía 19 años y estaba estudiando periodismo en la Universidad de Sevilla. Decidí ir a pasar las fiestas de Navidad ayudando a aquella gente”, comentó Juanlu.

Todos los voluntarios coincidieron en resaltar la hospitalidad y el buen trato de la gente local cuando llegaron, aunque no todos tuvieron las mismas facilidades.

“La organización fue perfecta, nos trataron genial. Dormíamos en polideportivos y las cofradías nos invitaban a comer”. “El primer día que llegué a la playa parecía que estaba limpia, pero cuando levantabas una piedra estaba todo lleno de chapapote”. “Era desmoralizando ver que después de tres meses y tanto trabajo, todavía salían redes del agua llenas de fuel”.

Estos voluntarios resaltaban el ambiente solidario que se respiraba aquellos días y coincidían en que “fue una experiencia especial que volverían a repetir sin dudarlo”. Aún así, hay que tener en cuenta que el trabajo que realizaban era muy pesado y desagradable: arrancar alquitrán y más alquitrán de las piedras o de la arena durante horas y más horas, muchas veces valiéndose sólo de las manos.

“Nunca Máis” fue el grito unánime de moda en Galicia durante mucho tiempo, así como el nombre de la plataforma ciudadana que nació para evitar nuevos casos como el del desastre del Prestige y denunciar la situación.
El movimiento surgió de manera similar a cómo lo hizo el voluntariado, de manera espontánea y desorganizada ante la conmoción y la preocupación que despertó el suceso entre la población gallega.
“Surgimos alrededor de la catástrofe, fue una cosa que conmocionó todo el mundo. Observar asustados como llevaban el barco de un lugar a otro, sin sentido, de una manera errática y la decisión de alejarlo de la costa en medio de un gran temporal… El desastre era un desastre anunciado”, decía el portavoz de Nunca Máis.
Este portavoz desvelaba la dureza de los primeros momentos de la llegada de la mancha a la costa. “Era una sensación de impotencia absoluta, el mundo se te hunde, el pueblo entero se echó al mar para recoger el chapapote”.
Pero también recuerda los buenos momentos dentro del desastre y resalta la solidaridad que se vivió aquellos días. “Lo mejor fue ver que todo el mundo se entregó, comprobar que todos hacían lo que podían, esta sensación de humanidad profunda, de solidaridad…”. Dijo Xaquim Rubido.

La respuesta inicial de algunos miembros del Gobierno español a todo esto, en sus declaraciones a “bombo y platillo”, era que con todas estas acciones de supuesta solidaridad y voluntariado lo que se pretendía era sacar las cosas de contexto y aprovecharlas para atacar al Gobierno. Pasó mucho tiempo antes no reconocieron públicamente el alcance de la catástrofe.

 

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