DOMÈNEC CALAF BINEFA

Este domingo en que sale un nuevo ejemplar de “El Pregoner d’Urgell” (8 de marzo del 2015) se cumplen 7 años de la muerte de Domènec Calaf (8 de marzo del 2008), a consecuencia de una larga e irreversible enfermedad que soportó de una manera ejemplar.

Todas las personas que lo conocieron estoy seguro de que guardan un muy buen recuerdo de él, porque era imposible: hablar con él y no quedar satisfecho, conocer sus obras y no admirarlo, necesitar ayuda y no encontrarla en él, etc.
Domènec estaba dotado de una gran sensibilidad artística, de una bondad sin límites, era muy idealista, extremadamente desinteresado, muy respetuoso con todo el mundo, gran amigo de sus amigos, muy sensible a todo aquello que pasaba a su alrededor y siempre dispuesto a ayudar. Yo, que estuve trabajando para él durante más de cinco años, y fui conocedor de sus obras durante mucho más tiempo, puedo asegurar que su vida fue un gran ejemplo de solidaridad.

Domènec Calaf Binefa nació en Anglesola en 1942. Cuando cumplió 10 años se fue a vivir a Solsona, con un tío sacerdote, donde entró a estudiar en el Seminario, situación que duró muy poco, pues no le gustaba. A continuación entró de aprendiz en una relojería de la misma ciudad.
Poco tiempo después, a pesar de ser muy jovencito, simultáneamente con el aprendizaje de relojero, se inició en el estudio autodidacta de la electrónica.
Pronto se dio cuenta de las grandes posibilidades que esta nueva tecnología podía ofrecer para el mejoramiento de los relojes en si, así como para los profesionales que se dedicaban a su reparación: los relojeros.
Al volver del servicio militar, en 1964, abrió una relojería en Bellpuig, en los porches de la calle Mayor.
Se casó con Palmira Badal y tuvieron dos hijas, Palmira y la Núria. Su esposa Palmira fue “el puntal perfecto” para que Domènec pudiera desarrollar con éxito los proyectos profesionales y de vida que se iba trazando.

Presintiendo el apogeo que tendría la relojería electrónica y temiendo cómo de desamparados se encontrarían los relojeros cuando esto pasara, en 1972 fundó en Bellpuig mismo el Laboratorio Calaf de Aplicaciones Electrónicas en Relojería, con el fin de crear una gama de instrumentos que le permitiera al relojero tradicional reparar todo tipo de relojes electrónicos con un mínimo de gastos y nuevos conocimientos.
Hay que remarcar que en esta iniciativa no lo movió ningún interés de tipo material, puesto que de ambiciones económicas no tuvo jamás, todo lo contrario: nunca quería hablar de dinero, para él sólo era un estorbo. Tampoco le gustaba nada “ser empresario”.

Dos años, con muchas horas robadas al descanso (pues siguió ejerciendo de relojero), sacrificios económicos, familiares y muchos tropiezos y desengaños, lo llevaron a la consecución del cronocomparador Palcron en 1974.
La palabra “Palcron” nació de la contracción del nombre “Palmira” y de la palabra griega “cronos” (tiempo) para hacer justicia al gran apoyo y comprensión recibidos de su esposa Palmira.
La sorpresa más grande de su vida se la llevó cuando al presentar tímidamente este instrumento a personas muy significativas en el sector de la relojería, se enteró de que en todo el mundo no existía un equipo que ofreciera las prestaciones y cualidades del Palcron.

El 1974 patentó este equipo, pero hasta el 1976 no se empezó a fabricar para la venta. De ello se tuvo que ocupar el mismo Domènec, dotándose del equipo de personas necesario, a pesar de lo desagradable que le resultaba “ser empresario”, porque a las empresas suizas de instrumentación no los interesó fabricar un producto tan “revolucionario y sofisticado”.
Aun así, pocos años después, las mismas empresas suizas que le habían rechazado el proyecto, habían ya incorporado a sus equipos el mismo sistema de indicación que había inventado y patentado Domènec con el Palcron.
Además del Palcron, con varios modelos, fue creando una muy completa gama de instrumentos para la reparación y verificación de los relojes electrónicos.
También tuvo que diseñar y montar, él mismo, muchos de los instrumentos necesarios en las tareas de investigación, producción y verificación de sus productos por no existir en el mercado o por no disponer de dinero para comprarlos, siendo auténticos prototipos posiblemente comercializables por sí mismos, como por ejemplo: temporizadores cíclicos, cámaras térmicas, equipos de test, etc.
También hay que decir que hacía participar plenamente a todo el personal de la empresa, que durante unos años fue de 8 personas, en la realización de los nuevos equipos, desde el diseño hasta la publicidad, pasando por el desarrollo, la experimentación y la producción.

El 1976, cuando todavía era desconocido el nombre “Calaf”, Domènec fue invitado a participar en el 1r Jinter de Barcelona (Jornadas Internacionales de Técnicas de Relojería y Control del Tiempo).
En su intervención se entregó “en cuerpo y alma”, como lo siguió haciendo durante muchos años más, a defender el futuro de la profesión de relojero-reparador, rompiendo con todos los temores y dudas que esta profesión venía sufriendo desde la repentina y masiva aparición de los relojes electrónicos.
Fue tan grande el éxito que tuvo que, desde entonces y durante muchos años, no paró de dar conferencias y seminarios en toda España y Portugal para divulgar conocimientos técnicos y prácticos sobre la relojería electrónica. Eso sí, sin percibir ninguna compensación económica por esta tarea, por expresa voluntad propia. También colaboró en esta divulgación la empresa Industrial Martí de Barcelona, que era quién le comercializaba todos sus productos y que creyó en él desde el primer día.

Durante muchos años, el nombre “Domingo Calaf” se ha identificado con una completa gama de instrumentos para la relojería electrónica así como con un sistema propio para la divulgación de los conocimientos necesarios para la reparación de estos relojes. Sin embargo, la actividad productiva del Laboratorio Calaf para el sector relojero pasó a ser muy reducida a partir de medianos del 1984, cuando Domènec decidió emprender un nuevo rumbo profesional en solitario.

Durante los años 80, además de los instrumentos pensados para el ámbito de la relojería, también diseñó íntegramente en su laboratorio el “hard y el soft” (los circuitos electrónicos y sus programas de funcionamiento) de algunos aparatos con mucha más envergadura, como el Flora Control que controlaba varias funciones de un importante invernadero de Lleida (riego, fetilización, temperatura, humedad…), y el Atmos Data por el control de las cámaras frigoríficas de Nufri.

El diario La Vanguardia, el día 6 de enero del 1983 (fiesta de Reyes) dedicó la contraportada entera a hablar de Domènec y su trayectoria profesional, sin él pedirlo.
Entre las muchas cosas interesantes que en este reportaje decía quiero destacar: “…Calaf, de apariencia débil, voluntad férrea, bondad natural, intuitivo y a la vez analista, ganó la batalla a las tentaciones de abandonar la lucha cuando las dificultades arreciaban. Trabajó sin descanso, robando tiempo al sueño y habitaciones a la vivienda familiar. Y tomaron forma los sueños del viejo taller de relojero…”.
También se hicieron eco a menudo de su actividad otros diarios, revistas, emisoras de radio y de televisión. Entrando en Google la siguiente dirección, se puede ver un reportaje que le hizo TV3 en invierno de 1984/85 http://www.youtube.com/watch?v=auhg0fceome

En el terreno personal tenía una sensibilidad extrema por todo lo que le rodeaba, se dejaba maravillar por las cosas aparentemente más sencillas. Era un gran amante de la música, sobre todo clásica. Con la juventud tenía una entrega absoluta, igual que con su familia. Durante los años 70 tenía encuentros con un grupo de jóvenes del pueblo con los cuales hablaba de los temas sociales, intelectuales y religiosos propios de la época. Siempre que se lo pedían daba charladas en las escuelas e institutos, dando a conocer la informática cuando todavía era un campo muy nuevo por la época.

Una cosa que quizás mucha gente no sabe es que la corona de la Verge dels Dolors de Bellpuig la restauró él, con una donación anónima de piedras que se recibió. Y también la Corona del Sant Crist de Bormio.
Fue un hombre coherente hasta el final de sus días. La pasión para aprender y realizar proyectos lo acompañó hasta el final.
Una anécdota: en sus últimos días había convocadas elecciones, por lo cual hizo venir el notario a pie de cama para poder votar. El día de su entierro su voto estaba a las urnas.

En una entrevista que le hicieron en el Heraldo de Urgel, antecesor de El Pregoner d’Urgell, el 4-10-1975, decía: “… -Díganos alguna otra cosa. -Decir con toda sinceridad que lo que hago no tiene ningún mérito, sino que es fruto de la obligación que todos nos tenemos que imponer en nuestro trabajo de cada día para irlo mejorando.

Y también invito a los jóvenes, en quienes creo totalmente, que cómo puedan se informen de las inmensas posibilidades que hay en las muchas ramas del saber y del trabajo humano; que lo que quieran hacer sea por vocación y no por dinero, y que lo hagan con amor y entrega. Es cuestión de poner voluntad. Así conseguirán aquella realización personal que todos desean…”.

Estas recomendaciones de Domènec Calaf de hace casi 40 años, y que siguen siendo igualmente útiles hoy en día, creo que pueden ser una buen final para este escrito recordatorio.

 

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