UNA CENA DE NAVIDAD

María Coll – Revista Valors (valors.org)

 

Incluso en el marco de la Segunda Guerra Mundial, un conflicto que dejó un balance de cincuenta millones de víctimas, la mitad de las cuales eran civiles, y durante el cual se destruyeron ciudades enteras, hay historias de esperanza.

Era el 1944. Hacía pocos días, el 16 de diciembre, había empezado la Batalla de las Ardenas. Una de las más grandes ofensivas alemanas de finales de la Segunda Guerra Mundial. A pesar de que todavía dominaba buena parte de Europa, la situación para Adolfo Hitler no era buena. En junio las tropas aliadas habían desembarcado en las playas de Normandía, los ingleses habían conquistado la ciudad belga de Amberes y los soviéticos, desde el otro lado, avanzaban hacia Alemania a través del río Vístula (Polonia).

Como reacción, el führer reclutó 25 nuevas divisiones, unos 250.000 soldados, con el objetivo de partir por la mitad las líneas aliadas de Inglaterra y los Estados Unidos distribuidas a lo largo de la frontera de Francia, Bélgica y Luxemburgo. Hitler creía que si las tropas británicas quedaban aisladas, abandonarían el continente. En este punto del conflicto, pero, las condiciones de lucha para los dos ejércitos eran especialmente duras: los soldados arrastraban en sus hombros cuatro años de devastación, muerte y hambre y un intenso invierno se incrustaba en los huesos. En la zona boscosa de las Ardenas las temperaturas eran gélidas y los soldados temblorosos intentaban avanzar cubiertos por medio metro de nieve.

UNA NOCHE FRÍA

La noche de Navidad de aquel año, todos los soldados destinados al frente, fueran del bando que fueran, tenían en la cabeza a sus familias. No deseaban otra cosa que estar junto a los suyos y celebrar el nacimiento de Jesús al calor de un hogar.

Dos jóvenes soldados norteamericanos, pero, aquella noche deambulaban desorientados por los apretados bosques de Hürtgen, entre la frontera germano-belga después de perder contacto con sus tropas. El 16 de diciembre las tropas hitlerianas habían realizado un bombardeo de una hora y media sobre los 130 kilómetros de la línea norteamericana de las Ardenas y miles de soldados y decenas de carros blindados habían iniciado un asalto en masa por sorpresa. Un sangriento ataque que había provocado que muchos soldados norteamericanos quedaran separados de sus unidades. Además, uno de los dos soldados perdidos estaba gravemente herido, cosa que dificultaba que pudieran seguir avanzando. A pesar de ser conscientes que se encontraban en territorio alemán, decidieron llamar a la puerta de una casa solitaria y pedir ayuda.

El ama de la casa, de nombre Elisabeth Vickens, al ver el joven herido y su compañero extenuado no dudó, a pesar de tratarse de soldados enemigos, en abrirles las puertas de su casa y ofrecerles el calor del hogar, a pesar de saber que un gesto así significaba pena de muerte. Primero atendió al herido y después los invitó a compartir la cena de Navidad con ella y su hijo. El marido se encontraba fuera de casa por motivos de trabajo. Los jóvenes norteamericanos, en un primer momento aturdidos ante tanta hospitalidad, aceptaron dichosos la invitación. Pero cuando estaban sentados en la mesa a punto de celebrar las fiestas y consumir un buen asado, llamaron a la puerta.

Tres soldados y un sargento nazi habían seguido el rastro de sangre del soldado americano hasta la casa. Parados en la puerta, esperaron unos segundos para que fuera la mujer quien confesara que estaba alojando enemigos de la patria. “¿A quién tiene escondido aquí dentro?”, preguntó uno de los soldados. La mujer no se dejó acobardar. “Americanos”, respondió con parsimonia. Y cuando los soldados alemanes ya empuñaban las armas para entrar en la casa con violencia, añadió: “Vosotros podríais ser mis hijos y los que están aquí dentro también. Uno de ellos está herido. También están cansados y hambrientos, igual que vosotros, así que entrad, pero esta noche nadie tiene que pensar en matar”. Los alemanes, sorprendidos ante la valentía de aquella mujer, también acabaron aceptando. A los norteamericanos el corazón les latía de forma acelerada porque ya se veían muertos, pero al final, todos se acomodaron alrededor de la mesa. La señora Vickens, ferviente cristiana, entonces pronunció una oración de acción de gracias que acabó con un Komm, Herr Jesus (Ven, Señor Jesús). Justo es decir que la desconfianza y los recelos fueron los principales ingredientes de los primeros minutos de la comida, pero pasado un tiempo prudencial, la magia de la noche de Navidad, la hospitalidad, la solidaridad y la compañía se impusieron en aquella casa perdida en medio de los bosques de las Ardenas.

Al día siguiente, según explica el experto en este conflicto, Jesús Hernández, en su libro “Historias asombrosas de la Segunda Guerra Mundial”, la amistad forjada durante la cena no se había roto y los soldados alemanes indicaron a los norteamericanos, ya más recuperados, como llegar a sus filas. Así pues, aquella noche de Navidad, gracias a la bondad de una sencilla mujer alemana, dos vidas se salvaron. Vidas simbólicas si tenemos en cuenta el cómputo final, está claro. En la batalla de las Ardenas, según el Departamento de Defensa de los Estados Unidos, hubo 89.500 bajas de esta nacionalidad. Esta batalla fue la más sangrienta de las que experimentaron las fuerzas norteamericanas en la Segunda Guerra Mundial. Las pérdidas británicas ascendieron a 1.400. Y el número oficial del Alto Mando alemán asegura que las bajas hitlerianas fueron de 84.834. Una gran matanza en el corazón verde de Europa.