EL TITÁNIC DEL MEDITERRÁNEO

María Coll – Revista Valores (valors.org)

El hundimiento de un barco siempre es una desgracia. Sin duda. Pero es ante las grandes adversidades que las personas muestran sus valores. Y, en este sentido, la historia del Sirio, más conocido como “el Titánic del Mediterráneo”, es un claro ejemplo.

El buque, de nacionalidad italiana, había partido de Génova y se dirigía a Buenos Aires. Era un barco construido en Glasgow y veterano: había hecho su primer viaje transatlántico el 1884 y había cruzado el océano 135 veces. Formaba parte de la compañía Navigazione Generale Italiana (NGI), que también quería beneficiarse del negocio de la inmigración: hombres y mujeres que se dirigían a América en busca de fortuna.

El naufragio del Sirio se produjo ante el Cabo de Palos, ubicado en el municipio de Cartagena, y muy cerca de las islas Hormigas, donde, a solo tres metros de profundidad, hay una gran piedra de 200 metros de largo. Una trampa mortal para cualquier barco. La nave italiana, por causas que todavía se desconocen, chocó con esta roca; todo apunta a que se trató de un error humano.

Eran las cuatro de la tarde del 4 de agosto de 1906. En aquel momento la mayoría de los pasajeros hacían la siesta. El estrépito puso a todo el mundo en alerta. Oficialmente en el Sirio viajaban 1.300 personas, una cifra inexacta porque se tiene constancia de que en cada puerto el capitán había permitido, por un módico precio, el embarque de pasajeros ilegales. Polizones que, a diferencia de los viajeros de primera, se amontonaban en las bodegas. En un momento, la cubierta se llenó de gente. Todo el mundo corría, gritaba e intentaba localizar salidas de salvación. Nadie organizaba nada. El único bote salvavidas que se lanzó al mar se hundió porque estaba demasiado lleno. Pero, incluso en este contexto, hubo muestras de solidaridad. Un joven salvó la vida gracias al obispo de Sâo Paulo, que le dejó su salvavidas. El cuerpo de este religioso apareció treinta días más tarde en las playas de Argelia.

Muestras de solidaridad.
Desde tierra, la gente del pueblo vio la catástrofe y no dudó en movilizarse. Los pescadores trasladaron los supervivientes en sus propias barcas a la playa de Poniente de Cabo de Palos, localidad donde vivían unas treinta familias. Allí les ofrecieron ropa y comida. Un turista de la zona explicaba: “Ricos y pobres dieron todo aquello que tenían y solo llegar a tierra, todos los náufragos eran vestidos. Las tiendas vendían sin cobrar. Se les ofreció café preparado por el Casino y fueron distribuidos por las casas del pueblo”.

Cuando al atardecer llegaron dos remolcadores desde Cartagena, los aldeanos ya repartían la cena a los supervivientes. En el agua, dos barcos, uno francés y otro inglés, negaron ayuda al Sirio por miedo a chocar también con la gran piedra. Otros vapores lanzaron algunos botes salvavidas. Pero, solo uno, el paquebote El Joven Miguel, dirigido por Vicente Buigues, conocido contrabandista de la zona, actuó.

La nave, que venía de Denia rumbo a Cartagena, se acercó suficientemente al barco semihundido para crear un puente de rescate con cuerdas y tablones de madera. Si una embarcación desaparecía, arrastraba a la otra. El peligro era evidente. Buigues, incluso subió a la cubierta del Sirio y, haciendo uso de la fuerza de un arma, organizó la situación; cosa que no había hecho el fugado capitán Giuseppe Piccone. De este modo, un hombre que nunca se había calzado unos zapatos, llegó a salvar 450 personas.

Aquel día, entre 223 -cifra dada por la compañía de seguros- y 440 personas perdieron la vida, pero más de 600 se salvaron gracias a la heroicidad y la solidaridad de la gente sencilla de Cabo de Palos. Hasta hace unos años, cuando las ONG todavía no actuaban en el Mediterráneo, esta historia se consideraba la operación de salvamento marítimo más grande realizada por civiles.