LA MOVILIDAD

Hace poco más de un siglo, la movilidad humana se limitaba a la distancia que una persona o sus animales de carga podían recorrer andando. Hoy, pero, para la mayoría de personas no es extraño recorrer miles de kilómetros al año, sea en desplazamientos cotidianos, sea en viajes largos. Las mercancías, a su vez, recorren continentes y atraviesan mares antes de llegar a las casas o empresas.

Este incremento en la capacidad de mover personas y bienes es sin duda uno de los cambios más grandes que han experimentado nunca las formas de vida humanas. Lo ha trastornado todo: el trabajo, las relaciones familiares, el uso del territorio. La demanda vinculada al transporte es una de las principales partidas del consumo energético mundial.

Para ir al trabajo o a la escuela, elegimos entre los diferentes medios de transporte que tenemos al alcance. Pensamos en términos de comodidad o rapidez, está claro. No obstante, valdría la pena pensar también en términos de impacto ambiental y social. Los vehículos, por ejemplo, son el primer responsable de la contaminación atmosférica, sea del aire local que respiramos, sea de la composición atmosférica global. El tránsito, además, también provoca contaminación acústica, ocupación del espacio y fragmentación del territorio por las infraestructuras que necesita. Por eso, recurrir al vehículo privado o al transporte colectivo no es lo mismo en términos socio ambientales.

La humanidad no quiere o no puede renunciar a moverse. Aun así, teniendo en cuenta el gasto energético y la afectación atmosférica que implica hacerlo, ¿no tendríamos que aprender a movernos mejor?

Para ir al trabajo o a la escuela, si se puede, la mejor opción es la bicicleta: haces ejercicio, te distraes, no consumes gasolina o electricidad y no contaminas. También el transporte colectivo ahorra mucha energía y reduce los atascos de tránsito. En las ciudades son muchas personas moviéndose mucho, por lo que se tendrían que compartir medios.

El transporte se lleva el 95% del petróleo consumido en el mundo, cosa que representa el 40% de toda la energía consumida. Es el sector que más crece, también en los países donde tradicionalmente no había tenido tanto peso. China, por ejemplo, pasó de menos de 100.000 coches en el año 1991 a 78 millones en el 2010.

La ciudad compacta y densa es el modelo de ciudad eficiente. La ciudad mediterránea tradicional, es un modelo que ahorra suelo, tiempo y energía. Permite un gran intercambio de información con el mínimo tiempo, genera gran diversidad de usos muy accesibles y en poco espacio, favorece la cohesión social y la sociabilidad, y garantiza una mayor eficiencia en la gestión del territorio.

En ciudad la difusa, en cambio, el consumo de materiales, tiempo y energía es más grande, porque el espacio se especializa y el contacto, la comunicación y el intercambio entre personas es más pequeño. Ocasiona problemas ambientales ligados al consumo del territorio y al aumento de la movilidad obligada asociada al uso del vehículo privado. Pero también ocasiona problemas sociales y económicos, por la carencia de cohesión que produce el enorme coste de construcción y mantenimiento de estas áreas.

Pero la ciudad compacta no equivale a ciudad congestionada. La congestión es un problema frecuente en las ciudades por la subordinación de los espacios al vehículo privado. La ordenación tiene que hacer posible la multiplicidad de funciones del espacio, para disminuir la movilidad obligada, y la capacidad de desplazarse en transporte público de manera cómoda, ordenada y sostenible.

La eficiencia empieza al volante. Reducir el consumo de combustible, y por lo tanto la contaminación ambiental, a la vez que disminuimos los riesgos de la carretera, son los objetivos de una conducción eficiente.

La clave es circular a una velocidad uniforme, con la marcha más larga posible y a bajas revoluciones.

Para ir al trabajo o la escuela, uno de cada dos ciudadanos del Vallès Occidental elige el coche privado.

Tienen que competir con los otros miles de coches que circulan cada día en el área metropolitana de Barcelona. Esto significa congestión de las infraestructuras, pero también un consumo elevado de energía no renovable y altas tasas de siniestralidad y contaminación atmosférica.

VIAJAR Y TRANSPORTE

Conocer otras realidades y entender otras formas de ver el mundo es siempre un buen aprendizaje. Para hacerlo, hoy tenemos al alcance medios rápidos y asequibles, de hecho el transporte en avión ha crecido un 50% en la última década, lo que nos permite llegar fácilmente a cualquier punto del mundo. ¿Sabemos, pero, viajar para conocer mejor?

Viajar tiene siempre un impacto en el medio. Es un impacto más o menos grande en función de la distancia recorrida y de la eficiencia energética del medio de transporte escogido. Un vuelo de ida y vuelta a América desde Europa genera las mismas emisiones de dióxido de carbono por pasajero que la calefacción familiar de un año entero. Cuando viajamos generamos residuos en el lugar donde vamos, no siempre suficientemente preparado para tratarlos, o solicitamos servicios y prestaciones adecuados a nuestros estándares, por no decir los cambios sociológicos que inducimos en el lugar visitado.

Todos estos impactos no tienen que ser necesariamente negativos. Pueden ser muy positivos. Podemos contribuir a mejorar la economía local o a abrir sociedades cerradas y retrógradas. También pueden ser muy positivos para nosotros. Nos podemos permitir una mejor comprensión de las cosas, pueden ampliar nuestro horizonte cultural, nos pueden proporcionar satisfacción y placer. La cultura siempre ha estado relacionada con el viaje.

Es bueno conocer mundo. Pero es costoso. Y todavía lo sería más si el precio incluyera las disfunciones socio ambientales generadas en muchos casos. Por eso hay que pensar dónde vamos y por qué vamos. Viajar porque sí empieza a ser una irresponsabilidad.

Disfrutar de las áreas naturales conociendo las sociedades locales de cerca y con un impacto ambiental mínimo es una buena opción para viajar.

Más de 20 millones de barriles de gasolina se queman diariamente. Alimentan los motores de los más de 1.000 millones de coches que circulan por las carreteras de todo el mundo. El uso del vehículo privado no para de crecer, cosa que anula cualquier mejora en la eficiencia de los motores. La automoción ya es el primer responsable de las emisiones de gases de efecto invernadero, muy por delante de la industria.

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