LOS SUCESOS DE LA PLAZA MAYOR DE MADRID

El 15 de marzo de 2016, por la noche y en Madrid, se iba a jugar el partido de la Champions Atlético de Madrid – PSV Eindhoven (Países Bajos). Durante el mediodía previo al partido, un numeroso grupo de jóvenes holandeses, hinchas del PSV, aprovechaba el sol madrileño tomando unas cervezas en las terrazas de la Plaza Mayor de Madrid.

De pronto, se les acercaron unas mujeres mendigas rumanas pidiéndoles alguna moneda, como hacen habitualmente con otros turistas. Los hinchas, en lugar de dárselas en la mano como se suele hacer, empezaron a lanzárselas al suelo mientras se reían y les gritaban “no crucéis la frontera”  y “olé” cada vez que las mujeres se lanzaban al suelo a por las monedas, ante la mirada indiferente del resto de los presentes.

No contentos con que las mujeres se arrodillaran a por el dinero y pelearan entre ellas por unos cuantos céntimos, los hinchas las animaban a bailar e incluso a hacer flexiones en el suelo a cambio de dinero. También prendían fuego a billetes de 5 euros, frente a su cara, y los echaban al suelo para que los recogieran mientras se quemaban. Incluso les arrojaban cerveza en los vasos con que pedían limosna. Y todo ello entre burlas, risas y cánticos, tanto de los hinchas protagonistas de los hechos como de buena parte del grupo que permanecía en las mesas.

Pese a la presencia de la policía, profesionales de prensa y muchos curiosos locales que no daban crédito al vergonzoso espectáculo, nadie hizo nada por parar la vejación de estos hinchas, salvo un hombre que se acercó a las mendigas y les dio unas monedas en la mano para que se fueran y no tuvieran que soportar más la humillación, a la vez que gritaba a los causantes de la barbarie “¡esto no se hace!”. Era un profesor retirado que, en declaraciones posteriores, se quitaba importancia por dar una involuntaria lección de humanidad: “Fue algo que surge de uno… lo hice porque hay cosas que todo ser humano tiene que hacer”. También una mujer les criticó lo que estaban haciendo.

Algunos aficionados del PSV, que posiblemente no tomaron parte en los hechos pero los presenciaron, más tarde se disculparon con las mujeres y les dejaron dinero en sus vasos de cartón.

Finalmente, la policía, que lo había presenciado todo, echó a las mendigas de la plaza, sin realizar acción alguna contra los hinchas despiadados.

Pocas horas después de que sucedieran estos hechos, las redes sociales se llenaron de vídeos que mostraban lo que había pasado en la Plaza Mayor de Madrid, sin necesidad de palabras ni de textos, viéndolo en muy poco tiempo cientos de miles de internautas. Al día siguiente, muchas televisiones y periódicos también informaron de estos hechos. Hechos que, desgraciadamente, suceden muy a menudo y en muchos lugares, lo que pasa es que no llegan a los medios de comunicación y, por tanto, es como si no hubieran sucedido.

Al día siguiente, el 16 de marzo, Barcelona fue también escenario de un episodio similar. Hinchas del Arsenal inglés molestaron a mendigos que se cruzaron en su camino y causaron daños en el metro. “Solamente querían emular a los holandeses del hecho anterior”, según se supo.

Convertir la pobreza en espectáculo mientras tomaban su aperitivo fue la distracción previa al partido de estos jóvenes hinchas holandeses en la Plaza Mayor de Madrid. Las mujeres que denigraron también eran jóvenes, pero no tomaban el aperitivo. Se peleaban unas con otras empujadas por el hambre, sus maridos o las mafias; aguantaban la mofa, el insulto y la denigración para sacar unas monedas con las que poder dar de comer a sus hijos. Hace años ya que el hambre les robó la dignidad. Pero… ¿quienes eran realmente esas mujeres?

Según vozpopuli.com, una de las mendigas que padeció los hechos de la Plaza Mayor se llama Sevilan, acaba de cumplir veinte años, tiene tres hijos a los que alimentar, jamás ha ido a la escuela y pasa las noches al raso bajo el túnel de la calle Bailén, en plena Plaza de España de Madrid. Llegó con doce años a España desde Rumania y dedica su existencia a pedir limosna día tras día con un vaso de cartón en la mano que agita de manera insistente haciendo notar que está vacío. Tras varias preguntas, comenta con timidez la cruel escena en la que se vio envuelta con los aficionados del PSV. “El otro día, gente mala. ¡Dinero no vaso… suelo…!”, se lamenta en un precario castellano.

Sevilan se levanta temprano y, sobre las ocho de la mañana, el campamento en el que duerme con su amplia familia queda desmontado. Allí comparten refugio abuelos, mujeres, hijos, nietos y sobrinos. Todo el grupo comienza entonces a repartirse por las vías del centro de Madrid. Los propietarios de los bares y restaurantes de la zona llevan tiempo quejándose de que su continua presencia incomoda a los clientes de las terrazas.

Asegura que el dinero que obtienen cada día lo dedican únicamente a comprar comida para ellas y para sus hijos. Pero, en realidad, la mayor parte de estas personas es explotada por mafias que se quedan con buena parte de la recaudación. Además, según algunos vecinos de la zona donde viven, “es un escándalo las palizas, gritos y todo tipo de vejaciones a las que someten los hombres del clan a las mujeres”.

¡Y todo esto estamos permitiendo que pase en Madrid, Barcelona y en cualquier gran ciudad del mundo al que llamamos “desarrollado”!.

Volviendo a los hechos de la Plaza Mayor, Carlos Olalla comenta, entre otras cosas, en  actualidadhumanitaria.org:

Solo un hombre intervino para detener aquel atropello…y esa es la pregunta que me hago: ¿Cómo es posible que esa decisión la tomara solo un hombre? ¿Qué hacían los que, estando en la plaza, no movieron un dedo por impedir aquella humillación pública? ¿Cómo es posible callar y mirar a otro lado, o peor aún recrearse mirando ese espectáculo inhumano, y no hacer nada para impedirlo?

Finalmente la policía, que lo había presenciado todo, se decidió a intervenir. ¿Detuvo a los holandeses que humillaban a las mujeres indefensas que estaban provocando una clara situación de violencia? No, se llevó a las mujeres gitanas de la plaza.

Este hecho no es una simple anécdota, es la perfecta metáfora de lo que está pasando en esa Unión Europea que, entre todos, hemos dejado que creen los grupos de poder, esa Unión Europea que incumple la legislación internacional y los convenios de derechos humanos expulsando a los inmigrantes y negando asilo a los refugiados. Los gritos de “No crucéis las fronteras” de los holandeses son ese veneno que está creciendo por toda Europa con el auge de los partidos nazis y de extrema derecha. La humillación de las mujeres gitanas es la viva imagen de lo que están sufriendo los refugiados que intentan buscar la seguridad que no tienen en sus países de origen. El vergonzoso papel de la policía recuerda al que hacen policías y ejércitos en nuestras fronteras para impedir que entren los refugiados.

El heroico comportamiento del hombre que se enfrenta solo a los agresores es el de las pocas personas e instituciones que, a diario, se están enfrentando a esta situación denunciándola y corriendo el riesgo de ser perseguidos y sancionados por ello. Y, por último, el cobarde y silencioso silencio de quienes pasaban por la plaza y no hicieron nada es la más dura y clara de todas las metáforas. Ese es el vergonzoso papel que hacen la mayoría de nuestros conciudadanos: hacer algún comentario piadoso sobre los pobrecitos refugiados viendo en la tele cómo son masacrados en nuestras fronteras…en definitiva, callar y no hacer nada.

Cuando la historia juzga al pueblo alemán y se pregunta cómo fue posible que permitiese el genocidio nazi tiene la excusa de que, quizá, no se enteró de todo lo que estaba pasando. Cuando la historia nos juzgue por lo que estamos haciendo hoy con los refugiados, negándoles el asilo, expulsándolos, encerrándolos, empujándolos a ahogarse y pegándoles para que no entren en nuestros países, nosotros no tendremos esa excusa.

Para mayor desgracia de los hechos de Madrid, esos hinchas holandeses no encontraron nada malo en sus juegos. Al fin y al cabo, para ellos sólo era una cuestión de diversión inocente, sin más ni más. Y si me apuran, por las imágenes, no parece que las mujeres a las que estaban vejando se molestaran en exceso, quizá porque no era la primera vez que lo sufrían o porque su único objetivo era obtener el dinero de unos chavales hartos de alcohol que les lanzaban monedas al aire o quemaban un billete ante sus rostros sorprendidos.

Algo estamos haciendo muy mal en una sociedad occidental en la que unos mocosos pueden insultar y reírse de los más vulnerables rodeados de personas atemorizadas incapaces de dar un paso al frente

“No crucéis la frontera” decían los hinchas a las mujeres que estaban pidiendo en la calle. ¿Y cómo nos vamos a asombrar si el Consejo de Ministros europeo acaba de ratificar un acuerdo entre la Unión Europea y Turquía para cerrar la puerta a los refugiados sirios?. Ese es el ejemplo que los niños y jóvenes de la actualidad reciben de unos adultos que prefieren esconder debajo de la alfombra la suciedad antes que acabar con ella.

Hasta que no nos concienciemos de la importancia de extender valores como que todos somos iguales, que nadie es mejor que nadie, que el respeto al otro es el respeto a uno mismo y que debemos dejar de actuar por miedo y hacerlo por amor, seguiremos asistiendo a violentos espectáculos como el de la plaza Mayor de Madrid.

 

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