UNA CUESTIÓN DE CARIZ VITAL

Revista Valors (valors.org)

Los datos del informe de Intermón Oxfam, Una economía al servicio del 1% (1-2016), son contundentes: solo 62 multimillonarios acumulan tanta riqueza como la mitad más pobre de la población mundial, 3.600 millones de personas. Además, según este informe, España es el país de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) donde más se ha incrementado la desigualdad después de la crisis, catorce veces más que Grecia y diez veces más que la media europea. Más concretamente, el uno por ciento de la población española concentra más riqueza que el ochenta por ciento más pobre. Y Cataluña no se escapa de esta realidad. Por ejemplo, el patrimonio de Isak Andic, propietario de Mango y el catalán más rico según Forbes, equivale a la renta anual de 150.000 familias medianas en 2014. Además, el patrimonio de las veinte fortunas más grandes de Cataluña aumentó un 34 por ciento el 2015.

Las desigualdades, pero, no son un montón de datos. Las desigualdades marcan desde el nacimiento nuestra vida. El biólogo y filósofo André Giordan escribe: “Soy completamente improbable, no obstante, existo”. Nuestra existencia ha sido una cuestión de azar. Si mis abuelos no se hubieran encontrado, mis padres no habrían nacido. Si mis padres no se hubieran conocido, yo no habría nacido. Y, por todas estas circunstancias fortuitas, he nacido en un barrio acomodado, de una ciudad europea. Pero ¿he hecho algo para merecer nacer en un país, en una ciudad, en un barrio en que puedo disfrutar de servicios básicos y de más oportunidades? De hecho, solo por este cúmulo de casualidades, los afortunados ya llegamos al mundo con cierto margen de tiempo de vida como garantía. Hoy, la diferencia en la esperanza de vida entre un vecino del Arrabal y uno de Pedralbes es de unos seis años, con peor pronóstico para el habitante del céntrico barrio barcelonés.

Los efectos de las desigualdades son devastadores y una herencia que se transmite de padres a hijos: pobreza, mala salud, desnutrición, inmigración, bajo nivel educativo, falta de inserción laboral… Consecuencias personales, pero también comunitarias: peores condiciones medioambientales, problemas de convivencia, etc. Así, pues, ¿nacer en África o en el Arrabal es tener mala suerte y ya está? No. Hoy existen medidas para garantizar justicia social y la igualdad de oportunidades para todo el mundo. La teoría la tenemos, pero ¿estamos dispuestos a renunciar a nuestros privilegios? Por ejemplo, ¿acogiendo en casa aquellos que también quieren disfrutar de bienestar? ¿Luchamos porque se apliquen políticas más redistributivas? Pero esta no es solamente una batalla política. Nos tenemos que preguntar: ¿realmente queremos una sociedad más igualitaria?