LA ENERGÍA

NATURALEZA DE LA ENERGÍA

La energía es la capacidad de transformar, de hacer, de poner en movimiento… Sin energía nada funciona. Todo el universo es un estallido energético, hasta el punto que la misma materia viene a ser una manifestación de la energía: hacer y ser son cosas casi equivalentes.

La historia de los humanos, en concreto, es una constante búsqueda de recursos energéticos. Búsqueda, inicialmente, de energía biológica, o sea de alimentos, de fuerza tractora basada en el esfuerzo propio o de animales y del fuego quemando leña. Y búsqueda, desde hace un par de siglos, de energía fosilizada en forma de carbón, petróleo o gas, ahorros de la biosfera producidos durante millones y millones de años en otras épocas geológicas. Al fin y al cabo, también energía biológica, pues.

Energía solar, por lo tanto. En efecto, las plantas capturan la energía que la Tierra recibe del Sol y, así, hacen posible el funcionamiento biosférico. Y son plantas y animales de otras eras el origen de los actuales depósitos de combustibles fósiles. El Sol mueve la Tierra y los humanos hemos aprendido a capturarlo.

Lo capturamos de forma indirecta a través de las plantas o de los combustibles fósiles, o de manera más directa con placas solares térmicas o fotovoltaicas, con aerogeneradores que aprovechan el viento, que es aire movido por el calor solar, mediante centrales hidroeléctricas, que explotan agua bombeada por la evaporación solar, etc. La electricidad ha acontecido, así, la expresión energética más moderna y flexible: mueve motores, genera luz o hace posible las telecomunicaciones.

También hemos aprendido a capturar la energía geotérmica que la Tierra atesora en sus profundidades e, incluso, a extraer la energía de los materiales radiactivos. Sacamos energía de todas partes porque la moderna sociedad industrial tiene unas necesidades enormes. Pero los combustibles fósiles son limitados y cada vez nos quedan menos, a pesar de que son los más utilizados hoy en día. Tenemos un problema, por lo tanto. Nos hace falta cada vez más energía y nos flaquean las fuentes que nos la han asegurado en las últimas décadas.

En Etiopía, una persona, para sobrevivir, sólo necesita la energía equivalente a una bombilla de 100 W encendida permanentemente. Para vivir como un europeo, se necesita 20 veces más.

Todos queremos vivir mejor. Pero para hacerlo consumimos más y más energía por los mismos servicios. El crecimiento de la demanda energética en los países ricos alimenta un modelo basado, por un lado, en la desigualdad en cuanto al acceso a los recursos energéticos, y del otro en unas fuentes energéticas que se agotan. Relacionar la calidad de vida con la eficiencia nos conviene desde los puntos de vista económico, social y ambiental. Mucha energía se pierde por ineficiencia o malversación. Malversar energía es una actitud irresponsable.

CONSUMO PERSONAL DE ENERGÍA

Frigorífico, lavadora, televisor, estufa, secadora de ropa… Nuestro bienestar, ¿depende del servicio que nos prestan estos aparatos o de su funcionamiento desatado? Necesitamos luz, calor en invierno, refrigeración en verano, efectivamente. Pero, para conseguir este bienestar, ¿hay que consumir cada vez más y más energía?

En Europa, consumimos por persona hasta veinte veces más energía que a comienzos del siglo XIX. Esto tiene un impacto social y ambiental elevado. Esta voracidad energética, en primer lugar, ha alimentado un modelo injusto: las sociedades más desarrolladas, que representan a penas el 15% de la población mundial, acaparan más de la mitad de los recursos energéticos consumidos. Pero, en segundo lugar, los combustibles fósiles que han cubierto mayoritariamente esta demanda son un recurso limitado y, además, el hecho de utilizarlos masivamente ha alterado el régimen atmosférico hasta provocar cambios en el clima.

La energía barata y fácilmente accesible nos ha hecho olvidar las formas sencillas y tradicionales de satisfacer algunas de nuestras necesidades. No todas, pero si algunas. Formas simples, baratas y nada nocivas, como la ventilación cruzada para refrescar las casas, un buen aislamiento de ventanas y puertas para no perder el calor de la calefacción o la costumbre inmemorial de tender la colada. Retomar estas buenas costumbres, junto con el uso de electrodomésticos eficientes, son medidas que nos podrían hacer reducir el gasto energético doméstico en más de un 30%.

Estamos a las puertas de un cambio en nuestro modelo energético. La necesidad nos obliga. Tendremos que diversificar mucho las fuentes energéticas para sacar partido de todas las oportunidades. Sobre todo, pero, nos tendremos que replantear las pautas de consumo. Sería bueno ir pensando en ello.

Nuestros electrodomésticos tienen que ser eficientes, puesto que estos permiten ahorrar hasta el 60% de la energía del hogar destinada a los electrodomésticos. Todas las bombillas que tenemos tendrían que ser de bajo consumo/alto rendimiento, con el mismo consumo se obtiene cinco veces más de luz. Tenemos que aislar bien las paredes, puertas y ventanas. Tenemos que apagar la luz de las habitaciones vacías… de lo que se pierde, nadie se aprovecha.

FUENTES ENERGÉTICAS

Con un gesto sencillo ponemos gasolina al coche, calentamos el hogar con gas, conseguimos electricidad enchufándonos a la red… Aparentemente, el único impacto que esto nos causa es la afectación del bolsillo. Pero poner energía al alcance de todos no es fácil y siempre tiene un precio no reflejado en la factura. Hablamos de los impactos sociales y ambientales que genera la obtención y el uso de cada formato energético.

Los más rotundos son los de los combustibles fósiles, el control de los cuales ocasiona conflictos geopolíticos, mientras que consumirlos comporta emisión de dióxido de carbono, el principal de los gases implicados en la exaltación del efecto invernadero y el subsiguiente cambio climático.

La electricidad obtenida a partir de energía nuclear, un 6,5% de la energía final en el mundo, no comporta emisión de gases con efecto invernadero, pero tiene una aceptación social negativa. Se ve con recelo la posibilidad de un accidente o bien el riesgo de ataque a las centrales. Además, todavía no se ha resuelto el almacenamiento seguro de los residuos nucleares que generan estas centrales.

Las llamadas energías renovables tampoco están exentas de conflictividad. Los aerogeneradores que producen electricidad a partir de la fuerza del viento tienen un considerable impacto paisajístico, la fabricación de los plafones solares fotovoltaicos comporta varios problemas ambientales, los embalses hidroeléctricos alteran las cuencas fluviales… El impacto ambiental de las fuentes renovables es pequeño, pero no nulo.

La pregunta es: ¿quién paga los impactos sociales y ambientales no reflejados en nuestra factura? Y, sobre todo, ¿qué impactos podemos asumir y cuáles no?

Actualmente dependemos de los combustibles fósiles. De ellos proviene el 87% de toda la energía primaria que se consume en el mundo. De aquí a pocas décadas el petróleo se habrá agotado; de gas y carbón hay para poco más de un siglo. Esto provoca tensiones, que no pararán de crecer hasta que no encontremos una alternativa, o hasta que no moderemos la demanda, o ambas cosas a la vez.

(Textos del libro “Tu en el món teu” de la Obra Social Caixa Terrassa).

 

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