EL DERROCHE DE ALIMENTOS

Hay algo que no funciona bien en el sistema alimentario mundial: la Tierra produce suficiente para dar de comer a sus 7.000 millones de habitantes y, no obstante, 840 millones de personas sufren hambre permanentemente. Por otro lado, una cantidad parecida de personas sufre diferentes formas de obesidad, una enfermedad que ya se ha convertido en crónica en muchos países.

En los países desarrollados, más de una cuarta parte de la comida que se produce, procesa y distribuye, acaba en la basura sin haber dado ningún provecho, consecuencia de una comercialización ineficiente y de un modelo de consumo basado en el derroche. Por otro lado, el sistema alimentario y energético cada vez exprime más los recursos naturales disponibles, con lo cual llegará un día en qué será totalmente insostenible. (Un ciudadano occidental consume, de media, los mismos alimentos, agua y energía que 10 ciudadanos asiáticos o africanos).

Como consecuencia del derroche de alimentos, grandes cantidades de agua, tierra y energía se invierten en vano. Por cada caloría de comida es necesario invertir entre 7 y 10 calorías de energía. La agricultura absorbe el 70% de los 3.800 millones de m3 de agua que se consumen al año, es decir, 2.660 millones de m3. De estos, 550 millones se destinan a regar cultivos que no llegarán a ningún plato.

Durante los últimos 20 años se ha reducido mucho el número de personas que pasan hambre, pero estudiosos del tema advierten que puede volver a aumentar de nuevo durando los próximos 40 años si no se optimizan los recursos para la producción y distribución de alimentos.

Más datos: entre 1.400 y 2.000 millones de toneladas de alimentos se pierden cada año en todo el planeta, que representan del 35 al 50% de lo que se produce, contando desde la recogida de la cosecha hasta el consumo final. En los países desarrollados, la mayor parte de las pérdidas se producen en el proceso de comercialización y en los hogares (179 Kg. por habitante y año), mientras que en los países del tercer mundo, los problemas se centran en la ineficiencia de las técnicas agrícolas, el mal almacenamiento y el transporte de las cosechas (en los países asiáticos productores de arroz se puede llegar a perder el 40% de las cosechas).

También por razones económicas o especulativas se echan a perder, voluntariamente, millones de toneladas de alimentos naturales cada año, para mantener los precios en el mercado.

Los estudios realizados culpan del derroche de los alimentos a los países más desarrollados, a una cultura del consumo basada en la estética de los productos, a una política de fechas de caducidad demasiado estricta y a unas técnicas de venta de los supermercados que fomentan que los consumidores compren más comida de la que necesitan, aunque la acaben tirando: los habitantes de estos países más desarrollados tiramos más del 30% de los alimentos que compramos. El año 2011, las grandes superficies del Reino Unido rechazaron un tercio de las cosechas de frutas y verduras del país, puesto que, a pesar de ser totalmente comestibles, no tenían un aspecto suficientemente atractivo para sus estándares.

En España, 7,7 millones de toneladas de alimentos (163 Kg. por persona, de media) que podrían haberse consumido, o a los que se les podía haber dado otro uso, acaban en la basura cada año. Son productos que se rehúsan debido a los malos hábitos de consumo, los altos estándares de calidad de las empresas (que rehúsan los que no cumplen sus cánones estéticos), o la mala planificación de comercios y ciudadanos. España ocupa el sexto lugar de Europa en derroche de alimentos.

Se rehúsan tomates porque son “demasiado pequeños”, pero se compran otras variedades “precisamente porque son pequeños”. Se rehúsan zanahorias porque son un poco “torcidas”, puesto que los consumidores quieren que los vegetales sean perfectos y todos iguales como si se hubieran hecho en una máquina y no por medios naturales. Se rehúsan alimentos envasados porque hay una “arruga” en la caja y otros alimentos porque están a punto de sobrepasar la fecha de “consumir preferentemente” (que no quiere decir que “caduquen”, sino únicamente pueden llegar a perder un poco su color, sabor o aroma iniciales, a pesar de ser perfectamente comestibles durante bastante más tiempo).

Esta es una realidad escandalosa ahora más que nunca, puesto que una tercera parte de la población española está en riesgo de pobreza debido a la crisis. Por este motivo se están estudiando algunas iniciativas para evitar el derroche de alimentos, por parte de los gobiernos, las industrias alimentarias, la Unión Europea, los bancos de alimentos, etc.

Pero quienes pueden hacer mucho para evitar el derroche de alimentos somos los mismos consumidores, puesto que el 40% de los rechazos alimentarios que se producen en Europa provienen de los hogares, sea porque se acumulan demasiados en casa y después nos sobran, porque no se conservan bien, porque se confunde la “fecha de caducidad” con la de “consumir preferentemente”, o por otras razones.

También el sistema de comercialización puede mejorar: los supermercados y tiendas generan un 5% de los desechos alimentarios, casi siempre por razones “comerciales” más que “sanitarias”, que suelen acabar en los contenedores, aunque algunos establecimientos los dan a los bancos de alimentos, Cáritas u otras entidades solidarias.
Otros que pueden hacer una buena aportación son los productores de alimentos, que generan el 39% de los rechazos, siendo muy altos en frutas y verduras, una parte de los cuales se derivan hacia la elaboración de zumos o conservas, o se entregan a los bancos de alimentos.

La donación y distribución de alimentos frescos se tiene que hacer con rapidez para que no se malogren, cosa que no siempre es posible para los bancos de alimentos y otras organizaciones receptoras, puesto que disponen de muy pocos medios.

El modelo alimentario vigente, con sus derroches, no se podrá mantener mucho más tiempo debido al aumento de la población del planeta y al agotamiento de los recursos naturales: ¡hay que reaccionar!

Nuestros hábitos de consumo alimentario tienen que ser cada vez más responsables, es decir, tienen que guiarse por criterios de sostenibilidad con los recursos naturales y el medio ambiente, y de solidaridad con los que no disponen de suficientes alimentos y con las futuras generaciones.

(Escrito con algunos datos tomados de Alba Tobella y María R. Sauquillo).

El Club de Roma, en 1970, dijo: “La sostenibilidad se basa en satisfacer las necesidades de la población actual sin comprometer los recursos y posibilidades de las generaciones futuras”.

 

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