AMOS OZ

AMOS OZ, El ESCRITOR DE LA PAZ

llegim.ara.cat 28-12-2018 N. Juanico S. Marimon

“Casi todas las personas andan por la vida, desde que nacen hasta que mueren, con los ojos cerrados. Si abriéramos los ojos, ni que fuera un instante, saldría de nosotros un grito aterrador”, escribía Amos Oz (Jerusalén, 1939 – Tel Aviv, 2018) a su última novela, Judas (2014). Su voz crítica, incómoda y lúcida se apagó este viernes a los 79 años. Autor de una veintena de títulos, Oz era uno de los escritores en hebreo más importantes y universales de la segunda mitad del siglo XX, y también fue uno de los fundadores del movimiento israelí Paz Ahora (Shalom Ajshav).

“A Oz le extrañaba mucho que sus libros fueran bestsellers en Pekín porque aparentemente hablaban de temas muy locales -explica Anna Bejarano, profesora de literatura hebrea moderna en la Universitat de Barcelona-, pero en realidad trataban de la condición humana. Como muchos escritores de su generación, habla del yo, se centra en la introspección”. Oz, que también defendía que ningún hombre no es una isla sino una península rodeada de aguas turbias pero siempre con un punto de contacto con los otros, era hijo de judío lituano y judía polaca y nació como Amos Klauser. Cuando él tenía 12 años, y después del suicidio de su madre (que había perdido la familia en el Holocausto), se cambió el nombre. Entonces el escritor fue a vivir al kibutz Juba y escogió Oz, que significa fortaleza. La experiencia del autor en el kibutz quedó reflejada en algunas de sus historias, como el conjunto de relatos con los cuales debutó el 1965, Tierra de chacales. Las ideas socialdemócratas y pacifistas también impregnaron una literatura marcada por una mirada crítica y penetrante en la realidad social y política de Israel. Después de estudiar literatura y filosofía en la Universidad Hebrea de Jerusalén, Oz publicó el 1968 Mi Mikhael. La novela, que da voz a una mujer encallada en un matrimonio insulso en Jerusalén, lo propulsó cómo uno de los escritores israelíes de referencia y desde entonces se ha traducido a una cuarentena de idiomas. Buena parte de su catálogo lo publicó en La Magrana en catalán y en Siruela en castellano.

Ganador del premio Príncipe de Asturias de las letras el 2007 y eterno candidato al Nobel de literatura, Oz trazó una prolífica carrera literaria con títulos remarcables como la novela epistolar del 1987 La caja negra, donde, a través de una pareja rota, plasmaba las angustias y las tensiones de la sociedad israelí. Unos años más tarde dio luz a su primera y única obra autobiográfica, Una historia de amor y oscuridad, que se convirtió en un bestseller y, el 2015, en una película. Oz se adentra en la historia familiar y explica que cuando tenía seis años, su padre le hizo un agujero en la estantería y dejó que trasladara sus libros allí. “Los llevé en brazos a la vitrina de mi padre y los posé derechos, como es debido, de espaldas al mundo exterior y de cara a la pared”.

Su capacidad literaria para explorar, con una prosa vívida y sin artificios, las relaciones y la condición humana le valió numerosos reconocimientos a lo largo de su vida. Oz recibió el premio israelí de literatura, el premio Goethe, el premio Franz Kafka, el premio Primo Levi y el premio Internacional Catalunya, entre otros.

La literatura de Amos Oz no se puede desvincular de su lucha pacifista. Fue uno de los primeros que defendió públicamente, después de la Guerra de los Seis Días, la creación de dos estados para resolver el conflicto entre Israel y Palestina. De esta reivindicación surgieron ensayos como Contra el fanatismo, donde analizaba las raíces del fenómeno y hacía un llamamiento a combatirlo.

Tener una voz discrepante le costó muchas críticas. “Lo acusaron de antisemita porque era un hombre de paz”, dice Bejarano. Oz insistía siempre que el problema palestino no era de territorio sino de personas, y que todos tenían que tener los mismos derechos. “Amos Oz es una de estas luces incómodas y necesarias que desgraciadamente se apaga en una época de oscuridad -asegura el poeta, escritor y traductor Arnau Pons-. Él ya conoció una oscuridad similar en su niñez y por eso no se doblava a la hora de denunciar las políticas suicidas del Israel actual. Me llama mucho la atención su figura de traición, que es simplemente la del escritor crítico que sigue su conciencia sin claudicar”.

 

CONTRA EL FANATISMO

catorze.cat (Resumen)

El escritor y periodista Amos Oz nació en Jerusalén el 1939 y ha muerto el 28 de diciembre del 2018. Era un militante del pacifismo. Leemos algunos fragmentos de una conferencia suya publicada en el libro Contra el fanatismo (Siruela).

¿Cómo podemos curar un fanático? Perseguir un puñado por las montañas de Afganistán es una cosa. Luchar contra el fanatismo, otra muy diferente.

El fanatismo es más viejo que el islam, que el cristianismo, que el judaísmo. Es más viejo que cualquier estado, gobierno o sistema político. Es más viejo que cualquier ideología o credo del mundo. Desgraciadamente, el fanatismo es un componente siempre presente en la naturaleza humana, un gen del mal, para denominarlo de alguna manera. La gente que ha hecho volar clínicas donde se practicaban abortos en los Estados Unidos, los que quemaban sinagogas y mezquitas en Alemania solo se diferencian de Bin Laden en la magnitud pero no en la naturaleza de sus crímenes.

La semilla del fanatismo siempre brota al adoptar una actitud de superioridad moral que impide llegar a un acuerdo.

El novelista israelí Sammy Michael una vez tuvo una experiencia, que de vez en cuando la tenemos todos, de ir en taxi durante bastante rato por la ciudad con un conductor que le iba echando la típica conferencia sobre cómo de importante es por nosotros, los judíos, matar los árabes. Sammy lo escuchaba y, en vez de gritarle: «¡Qué hombre más terrible que es, usted! ¿Es nazi o fascista?», decidió tomárselo de otro modo y le preguntó: «¿Y quien cree usted que tendría que matar todos los árabes?»

El taxista dijo: «¿Qué quiere decir? ¡Nosotros! ¡Los judíos israelíes! ¡Tenemos que hacerlo! No hay otra opción. Y si no, ¡mire lo que nos están haciendo cada día!». «¿Pero quien piensa exactamente que tendría que hacer este trabajo? ¿La policía? ¿O quizás el ejército? ¿El cuerpo de bomberos o los equipos médicos? ¿Quién lo tendría que hacer?» El taxista se rascó la cabeza y dijo: «Pienso que nos lo tendríamos que dividir a partes iguales entre cada uno de nosotros, cada cual tendría que matar algunos». Y Sammy Michael, todavía con el mismo juego, dijo: «De acuerdo, suponga que a usted le toca un barrio residencial en su ciudad natal de Haifa y llama a cada puerta o timbre y dice: “Disculpe, señor, o disculpe, señora. ¿No será usted árabe por casualidad?” Y si la respuesta es afirmativa, dispara. Cuando acaba y se dispone a irse a casa, siente en alguna parte del cuarto piso del bloque como llora un bebé que acaba de nacer. ¿Volvería para disparar al bebé? ¿Sí o no?» Se produjo un momento de silencio y el taxista dijo a Sammy: «Sabe, usted es muy cruel».

Es una historia muy significativa, porque hay algo en la naturaleza del fanático que es esencialmente sentimental y al mismo tiempo carecida de imaginación. Y, a veces, mantengo la esperanza –por supuesto, muy limitada– que inyectando un poco de imaginación en algunos quizás los ayudamos a reducir el fanático que llevan dentro y a sentirse incómodos.

No puedo dejar de pensar a menudo que, con una leve modificación de mis genes o de las circunstancias de mis padres, podría ser otro, podría ser un habitante de la orilla occidental, podría ser un extremista ultraortodoxo, podría ser un judío oriental de un país del tercer mundo, podría ser alguien diferente. Podría ser uno de mis enemigos.

 

EL FANATISMO EMPIEZA EN CASA

ara.cat   31-12-2018   Josep Ramoneda

1. Por tu bien. La muerte del escritor israelí Amos Oz me llevó a una frase suya que tenía anotada desde hace tiempo: “El fanatismo a menudo empieza en casa, cuando se quiere obligar un ser querido a cambiar por su propio bien”. Cada vez que un padre o un marido –alguna madre a veces, aunque las mujeres son más sutiles– se comporta así no está haciendo un ejercicio de autoridad sino de autoritarismo. Y el autoritarismo siempre expresa una impotencia que hace que la acción sea amarga y fanática. Por eso los fanáticos siempre hablan con rabia y mal humor. La inseguridad impide reconocer el otro como igual: da miedo.

En un tiempo en que el fanatismo se hace sentir con fuerza en la escena pública, la frase de Amos Oz es la reflexión más antifanática que nos podemos imaginar. Porque nos invita a reflexionar sobre el fanatismo empezando por nosotros mismos, no fuera caso que, como los fanáticos, nos pensáramos que el mal solo puede estar en los otros. Y porque señala las raíces de la sensibilidad fanática: la creencia que nosotros sabemos lo que conviene a los otros y que esto nos otorga el derecho a imponerlos. Es decir, el fanatismo como sublimación de la ignorancia, de aquellos que solo son capaces de ver el mundo de una manera y se sienten autorizados a exigir que todos se acomoden a ella. Esta debilidad del fanático le obliga a ponerse tacones muy altos para ganar estatura e impresionar la ciudadanía. Una peana hecha de valores trascendentales –los dioses, las patrias, los pueblos, las leyes de la historia– pretendidamente irrefutables.

2. Vacío. Pero Amos Oz nos dice también que el fanatismo es contagioso, por omisión y por acción. El máximo triunfo del fanatismo es imponer el silencio. Atemorizar todos aquellos que con su palabra querrían posar en evidencia las promesas, los discursos y las acciones de los fanáticos. Pero también es muy fácil contaminarse de él por la vía de la acción, cuando se le quiere combatir, haciéndose fanático del antifanatismo, cuando el único instrumento eficiente es la razón crítica, la capacidad de desenmascarar verdades presentadas como absolutas y proponer formas de convivencia inclusivas basadas en el reconocimiento mutuo, que es aquello que para el fanatismo está prohibido porque no reconoce otra razón que la suya. “Casi nunca es posible –escribe Amos Oz– acabar con una idea, ni siquiera una idea muy retorcida, solo a golpes de bastón”.

Por eso, el debate abierto de las ideas es la mejor manera de combatir el fanatismo. Es cuando este debate falla, cuando la palabra no fluye en la sociedad, cuando la gente no se siente escuchada o no se siente representada, que “el fanatismo progresa por el espacio que ha quedado vacío”. Y esta es, en buena parte, la situación en que nos encontramos ahora. Y en un escenario en plena mutación y dónde gran parte de la ciudadanía se siente perdida, el fanatismo, encarnado en una derecha radicalizada, hace agujero. Y ya se sabe que el éxito principal del fanatismo es mantener la sociedad en estado infantil, es decir, reemplazar las expectativas de futuro por la adhesión a mitos y exigencias pretendidamente superiores. Al fanatismo no se lo combate con la exclusión sino con la inclusión. El fanatismo odia las situaciones abiertas, porque en estas situaciones está condenado a la disolución, por eso es siempre antidemocrático y autoritario. Ejemplo: ilegalizar independentistas, excluir Podemos y los comunes, como primer objetivo de la derecha radical.

El retorno del fanatismo es una irrupción del pasado en el desconcierto moderno. Y por eso la peor manera de combatir un fanatismo mezcla de patriotismo, antifeminismo, xenofobia y cinismo iliberal –como el que vemos emerger cada día– es con otro fanatismo, sea de izquierdas o sea independentista, que también existen. Y se hacen patentes cuando entre los mismos responsables políticos hay miedo a hablar porque no te digan traidor.