CUENTOS CON MENSAJES DE VALORES

LA SOLIDARIDAD... Nº 5 Recomendaciones..._Página_23

 
Un cuento es una narración escrita en prosa, generalmente breve. Los cuentos pueden ser tanto de carácter ficticio como real y pueden estar inspirados o no en anteriores escritos o leyendas, con una trama protagonizada por un grupo reducido de personajes y con un argumento sencillo, fácil de entender.

Es habitual que los cuentos tengan un final impactante, puesto que su objetivo es despertar una reacción emocional de impacto en el lector. Los cuentos suelen contener lecciones de moralidad y, por lo tanto, son educativos porque muestran valores positivos o negativos.

El cuento tradicional viene de la tradición oral de cada cultura y acostumbra a tener elementos maravillosos y a enseñar una lección moral. El cuento literario, en cambio, se distingue de otras formas narrativas como la novela básicamente por la extensión.

El cuento se transmitía antiguamente por vía oral y escrita, pero hoy en día se le han añadido otras modalidades como los audio-libros y los vídeos.

Algunos de los cuentistas más importantes son: Charles Dickens (Gran Bretaña), Hermanos Grimm (Alemania), Hans Chistian Andersen (Dinamarca), Anton Chejou (Rusia), Edgar Allan Poe (EE. UU.), Ray Bradbury (EE. UU.), Ernest Hemingway (EE. UU.), Guy de Maupassant (Francia), Julio Cortázar (Argentina), Jorge Luís Borges (Argentina), Horacio Quiroga (Uruguay), Gabriel García Márquez (Colombia), Juan Rulfo (México), etc. Entre los españoles Gustavo Adolfo Bécquer, Emilia Pardo Bazán, Miguel Delibes, Ana María Matute, Ignacio Aldecoa, Fernando Díaz-Plaja, etc. y entre los que escriben en catalán Pere Calders, Maria Àngels Anglada, Quim Monzó, etc.

En Internet se pueden encontrar centenares de cuentos, tanto en castellano como en catalán y para niños y/o adultos, si se buscan adecuadamente. Por ejemplo, en http://www.jouscout.com/reflexio.htm se encuentran cuentos y otras actividades para la educación en valores. A continuación se reproducen 13 cuentos muy cortos, poco conocidos y “con mensaje”.

EL ZORRO Y EL CUERVO

Era verano y el sol calentaba los campos, mientras una suave brisa hacía que el ambiente fuera agradable, y había un cuervo que además estaba especialmente contento, pues había robado un trozo de queso de una granja vecina ¡y le esperaba un gran banquete!

No muy lejos de allí, había un zorro que buscaba algo de comer, puesto que tenía tanta hambre que su estómago parecía que roncaba.

Pero, de golpe, vio que en las ramas de un árbol había un cuervo con un trozo de queso gigante muy contento. Al zorro inmediatamente se le hizo la boca agua viendo el trozo de queso y empezó a pensar la mejor manera de quitárselo. Y como el hambre agudiza el ingenio, se le ocurrió rápidamente una idea. Así que se dirigió hacia el cuervo y le dijo:

– ¡Muy buenos días señor Cuervo! He venido de tierras muy lejanas a escuchar su magnífico canto, puesto que me han dicho que su melódica voz nadie la iguala.

El cuervo miró al zorro con los ojos cada vez más vanidosos, mientras el zorro le halagaba su voz y le explicaba las maravillas que sobre ésta se contaban.

Así que el cuervo hinchó el pecho y se dispuso a cantar. Pero sólo abrir el pico, el trozo de queso que llevaba cayó directamente donde estaba el zorro, que no dudó en llevárselo a un lugar más tranquilo y comérselo mientras se reía del cuervo por vanidoso.
(Pero el cuervo aprendió la lección: Más vale no hacer caso de aquel que halaga sin ningún motivo concreto).

EL GRAN CONSEJO CELEBRADO POR LAS RATAS

Mixifuf, gato famoso, hacía tal estrago entre las Ratas, que apenas se veía una: la mayor parte estaban en el cementerio. Las pocas que quedaban vivas, no osando salir de su escondrijo, pasaban mil dificultades; y para aquellas desventuradas, Mixifuf no era ya un gato, sino el mismo diablo.

Cierta noche que el devorador de Ratas, que estaba casado, fue a encontrarse con su mujer y con la cual se entretuvo en un largo coloquio, las ratas supervivientes celebraron consejo en un rincón para tratar los asuntos del día. La Rata decana, que era una Rata prudente, dijo que cuanto antes había que poner a Mixifuf un cascabel en el cuello: así, cuando fuera de caza, lo oirían llegar y se esconderían en la madriguera. No se le ocurría ninguno otro remedio. A todas les pareció excelente. Sólo había una dificultad: ponerle el cascabel al gato. Decía una: “Lo que es yo, no se lo pongo; no soy panoli.” “Pues yo tampoco me atrevo”, replicaba la otra. Y sin hacer nada, se disolvió la asamblea.

El ASNO

Un día, un asno de una labradora cayó en un pozo. El animal se echó a llorar, mientras la labradora pensaba qué podía hacer. Finalmente decidió que el animal ya era viejo y el pozo seco, por lo que podía aprovecharlo para tapar el pozo, sin sacar al asno.

Pidió a todos sus vecinos que vinieran a ayudarla. Todos cogieron una pala y empezaron a echar tierra al pozo. El asno se dio cuenta de lo que pasaba y volvió a llorar desesperadamente. Después, con gran sorpresa para todos, se tranquilizó.

Después de unas cuantas paladas de tierra, la labradora miró al fondo del pozo y se sorprendió de lo que vio: a cada palada de tierra, el asno se sacudía la tierra y daba un paso arriba. Mientras los vecinos seguían echando tierra encima del animal, él se la sacudía y daba otro paso arriba.

Pronto vieron sorprendidos como el asno llegaba hasta la boca del pozo y salía trotando.

(La vida nos echará a menudo tierra encima, todo tipo de tierra… ¡pero tenemos que saber expulsárnosla y dar un paso arriba!).

LAS TRES REJAS

El joven discípulo de un filósofo llega a casa de éste y le dice:

–Escucha, maestro, un amigo tuyo ha estado hablando mal de ti con malevolencia…

–¡Espera! –lo interrumpe el filósofo–, ¿ya has hecho pasar por las tres rejas aquello que quieres contarme?

–¿Las tres rejas?

–Sí. La primera es la verdad. ¿Estás seguro que aquello que quieres decirme es absolutamente cierto?

–No. Lo oí comentar a unos vecinos.

–Por lo menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Esto que deseas decirme, ¿es bueno para alguien?

–No, en realidad no lo es. Al contrario.

–¡Ah, vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber esto que tanto te inquieta?

–Si te digo la verdad, no.

–¿Entonces…?

EL ÁGUILA Y LOS GALLOS

Dos gallos se peleaban por los favores de las gallinas en un gallinero; al final uno echó al otro.

El vencido se retiró resignadamente detrás de unos matorrales, escondiéndose allí. En cambio, el vencedor subió orgulloso a una tapia alta poniéndose a cantar tan fuerte como pudo.

Pero no tardó un águila a echársele encima y raptarlo. Desde entonces el que había perdido el combate se quedó con todo el gallinero.

(A quien se vanagloria de sus propios éxitos, no le tarda en aparecer quien se los tome).

EL ZORRO Y LA UVA

Había un zorro muy hambriento, y al ver colgando de una parra unas deliciosas uvas, quiso atraparlas con su boca.
Pero como no podía cogerlas, se alejó diciéndose:

– ¡No me gustan! ¡Están tan verdes!

EL ZORRO QUE LLENÓ LA BARRIGA

Un zorro hambriento encontró dentro de un tronco de una encina unos trozos de carne y de pan que unos pastores habían dejado escondidos en un agujero. Y entrando por este agujero, se los comió todos.

Pero de tanto que comió se le agrandó la barriga de tal forma que no pudo salir. Empezó a gemir y a lamentarse del problema que había tenido.

Por casualidad pasó por allí otro zorro, y sintiendo los gemidos se le acercó y le preguntó qué le sucedía. Y cuando el zorro se lo hubo explicado, le dijo:

– Pues estés tranquilo hermano hasta que vuelvas a tener la misma forma que tenías, entonces ¡seguro que podrás salir fácilmente y sin problema!

(Con paciencia se resuelven muchos problemas).

EL LOBO Y LA CIGÜEÑA

Un lobo estaba disfrutando de un delicioso festín cuando, sin poderlo evitar, se le quedó atravesado un hueso en la garganta.

Pese a los esfuerzos que hizo para sacárselo no lo consiguió, por cuyo motivo, muy asustado, no dudó en recurrir a una cigüeña que volaba cerca y tenía el pico muy largo.

– Por favor, ¡ayúdame! – llamó – Si consigues sacarme el hueso te daré un magnífico regalo…

La cigüeña era muy buena, pero le tenía cierto temor al lobo. Sin embargo, viéndole con este problema, acudió inmediatamente a su auxilio.

Introdujo su largo pico por la boca del asustado animal y sin dificultad le extrajo el hueso de la garganta.

– ¿Cuál es el magnífico regalo que me darás? – preguntó la cigüeña, viendo que el lobo ya se estaba tranquilizando.
– Pero ¡que pánfila eres! – respondió el lobo – He tenido tu cabeza entre mis dientes, de tal forma que hubiera podido matarte si hubiera querido… y… ¿todavía me pides recompensa más grande?

(Es inútil esperar recompensa de los malvados, pues nunca reconocerán los beneficios recibidos).

EL RATÓN Y EL LEÓN

Un día, dos ratones estaban jugando alegremente en un descampado. En aquel mismo descampado, a la sombra de un árbol, había un león intentando hacer la siesta, pero los ratones eran tan escandalosos que no se podía  dormir.

Pero en uno de sus juegos, los ratones pasaron por encima del león. El león, enfadado ya por no poder dormir, se enojó todavía más por aquella falta de respeto que le mostraban los ratones.

Y, levantándose de golpe, consiguió acorralar uno mientras el otro huía asustado. El león cogió el ratón que había acorralado y, para sorpresa suya, el ratón le dijo:

– León, si me perdonas la vida, te serviré siempre que necesites mi ayuda.

El león primero se quedó perplejo, ¡pero rápidamente se puso a reír!

– ¿Tú? ¡Un pequeño y minúsculo ratón ofreciéndome ayuda a mí, el rey de la selva!… ¡Ala! ¡Vete, vete!

Y de tanta gracia que le hizo, lo soltó.

Al cabo de un tiempo, el mismo león iba despistado por la selva cuando cayó en una trampa puesta por un cazador. Quedó colgado de un árbol dentro de una red y, por mucho que lo intentaba, no podía escapar y cada vez rugía más fuerte de rabia, tanto, que toda la selva temblaba.

El ratón oyó los rugidos y rápidamente acudió donde estaba el león para cumplir su promesa. Pero el rey de la selva seguía desconfiando de un pequeño ratón. Sin embargo, el ratón, sin más dilación, se subió hasta donde estaba el león y empezó a mordisquear la red. Y la mordisqueó y mordisqueó hasta que la red se rompió y liberó al león.

Y el león dio las gracias al ratón, que además estaba muy satisfecho por haberle sido útil.

EL CIERVO VANIDOSO

Un ciervo que corría por un bosque se encontró con un riachuelo que seguía el camino.

El agua de este riachuelo era tan limpia y cristalina que reflejaba con gran esplendor la imagen del ciervo, que se quedó parado admirándose.

Y mirándose, puso especial atención en sus cuernos.

– Qué cuernos más bonitos tengo. Míralos que grandes y magníficos, ¡seguro que todo el mundo me admira!

Y se miró un poco más abajo, hasta que se vio las patas, que eran bastantes delgadas.

– Y qué patas más delgadas que tengo, no me quedan nada bien. Es una lástima que las patas desmerezcan un ciervo tan bien plantado como yo.

De repente, sintió agitarse el follaje del bosque, se giró y vio como un cazador le apuntaba. Y empezó a correr.

Gracias a sus piernas delgadas y ligeras pronto cogió suficiente velocidad y distancia  al cazador, pero corriendo por el bosque, los cuernos se le engancharon en las ramas de un árbol.

Y mientras oía como los cazadores se iban acercando, él repetía:

– ¡Y pensar cómo estaba yo de contento con los cuernos que ahora me costarán la vida, y tan descontento de las piernas que me podrían haber salvado! ¡Qué tonto he sido al mirarme en el agua los cuernos y valorarlos tanto por su aspecto!

EL SAPO Y ROSA

Una vez había una rosa roja muy y muy bella; era la rosa más bella del jardín. Sin embargo, se daba cuenta que la gente la miraba muy de lejos.

Un día se dio cuenta que junto a ella siempre había un sapo grande y oscuro y que era por eso que nadie se acercaba a verla de cerca. Indignada ante el descubrimiento le ordenó al sapo que se fuera inmediatamente; el sapo muy obediente dijo: está bien, ¡si así lo quieres!. Poco tiempo después el sapo pasaba por donde estaba la rosa y se sorprendió al verla totalmente marchita, sin hojas y sin pétalos. Y le preguntó: ¿Qué te pasa? La rosa contestó: “Es que desde que te fuiste, las hormigas se me han comido día a día, y nunca he podido volver a ser igual.” El sapo solamente contestó: “Pues claro, cuando yo estaba aquí me comía estas hormigas y por eso siempre eras la más bella del jardín”.

UNA HISTORIA PARA PENSAR

Una señora coge el tazón y le pide al camarero que lo llene de caldo. A continuación se sienta en una de las muchas mesas del local.

Apenas se había sentado se dio cuenta que se había dejado el pan. Entonces se levanta, va a recoger un panecillo a la barra y vuelve a su mesa.

¡Sorpresa! Ante su tazón de caldo se encuentra sin inmutarse un hombre de color, ¡un negro!, que está comiendo tranquilamente.

¡Esto es el colmo!, piensa la señora, pero no me dejaré robar. Dicho y hecho. Se sienta junto al “negro” y parte el pan a trocitos. Los pone en el tazón que está ante el negro y coloca la cuchara en él.

El negro, complaciente, sonríe. Toman una cucharada cada cual hasta acabarse el caldo. Todo en silencio.

Acabado el caldo, el hombre se levanta, se acerca a la barra y vuelve después con un abundante plato de espaguetis y… dos tenedores. Comen los dos del mismo plato, en silencio, turnándose.

Al acabar, se levanta el negro diciéndole “hasta la vista!”, reflejando una sonrisa en los ojos. Parece satisfecho por haber realizado una buena acción. Se va.

La mujer lo sigue con la mirada. Una vez vencido su estupor, busca con la mano el bolso que había colgado  en el respaldo de la silla… ¡pero había desaparecido! ¡Lo había cogido el negro!

Iba a llamar ¡al ladrón! ¡al ladrón!” cuando, mirando a su alrededor, ve su bolso colgado en una silla dos mesas más atrás de donde estaba ella y, sobre la mesa, un tazón de caldo ya frío.

(¿Hay que decirlo que ella se había equivocado de mesa? Y, sobre todo, ¿de comportamiento?)

EL LEÑADOR HONRADO

Una vez había un pobre leñador que volvía a casa después de una dura jornada de trabajo. Al cruzar un puente que atravesaba el río le cayó el hacha al agua.

El hombre se lamentó tristemente:

– ¡Oh! ¿Y cómo me las arreglaré para ganarme el pan ahora, sin hacha?

Pero de golpe, de entre las aguas – ¡oh!, ¡sorpresa! – surgió una bella ninfa y le dijo:

– Espera, buen hombre, que yo te devolveré el hacha.

La ninfa se hundió en el río y al cabo de poco tiempo volvió a salir con un hacha de oro macizo en las manos.

– ¿Quizás es ésta tu hacha? – Preguntó la ninfa.

– No, no es ésta, mi hacha no es dorada – contestó el leñador.

Así la ninfa se volvió a hundir por segunda vez y apareció poco después con una hacha de plata.

– ¿Y ésta? ¿Quizás es ésta tu hacha? – volvió a preguntar la ninfa.

– No, ésta tampoco es la mía. La mía no era ni de oro ni de plata – respondió el entristecido leñador.

Y por tercera vez la ninfa se sumergió en las aguas del río. Al salir llevaba en las manos un hacha de acero.

– ¡Oh! ¡gracias! ¡gracias!, ¡ésta sí que es la mía!

– Pero como eres tan honrado yo te regalo las otras dos, buen leñador. Has preferido la honradez a la mentira y te mereces este premio.