LOS HECHOS DE LA PIEL

María Coll – Revista Valors (valors.org)

El 23 de febrero de 1905, un día cualquiera en la colonia Güell de Santa Coloma de Cervelló, tuvo lugar un acontecimiento de solidaridad excepcional, a raíz de la caída en un depósito de tinte hirviendo de un niño de once años. Sin varios donantes de epidermis, su vida corría peligro.

El año 1890, el industrial textil Eusebi Güell, uno de los más prolíficos de Barcelona, decidió trasladar la fábrica de tejidos de algodón “El Vapor Vell” del barrio de Sants a la finca agrícola que su padre, el indiano Joan Güell, había adquirido treinta años antes en el término municipal de Santa Coloma de Cervelló, a la finca llamada Can Soler de la Torre. A finales del siglo XIX, conocida por el apodo de “la rosa de fuego”, la capital catalana era un núcleo de anarquistas y un escenario constante de conflictos sociales que los empresarios intentaban esquivar fuera como fuera.

Como todas las colonias industriales de aquella época, la Güell se planteó como si fuera un casco urbano con personalidad propia. El amo de la fábrica ejercía el control, el director de la fábrica era la primera autoridad, tenía las funciones de alcalde y juez de paz, y el cura tenía las competencias educativas, morales y religiosas. Los trabajadores vivían en el mismo recinto, en casas construidas por el empresario. Su vida económica y social, jerarquizada según los cargos de producción de la fábrica, giraba en torno a esta. La vida de un trabajador se reducía a la colonia y esto hacía que muchos obreros se emparejaran entre ellos, generando futuros trabajadores.

La única diferencia de esta colonia respecto a otras, era el papel de mecenas cultural que jugaba el señor Güell. En este caso, el propietario procuró algunas mejoras sociales para los trabajadores, hizo construir equipamientos culturales y religiosos e incorporó la corriente modernista a las nuevas construcciones. En este espacio, por ejemplo, hoy se puede visitar la cripta diseñada por Antoni Gaudí. Entonces, como el nombre Güell como gran prohombre de la ciudad también tenía un gran peso, los medios la calificaban de “colonia modelo”.

Pero incluso en las fábricas ejemplares pasan desgracias. El protagonista de esta historia se llamaba Josep, concretamente Josep Caparrós y tenía once años. A inicios del siglo XX, en las colonias industriales y en todas las fábricas del país el trabajo infantil era habitual. La jornada laboral era de entre doce y catorce horas diarias y los sueldos eran bajos. Los hombres hacían los trabajos de mayor esfuerzo físico, las mujeres los trabajos manuales y los niños, que empezaban a trabajar a los siete años, hacían las más ingratas y peligrosas. El sueldo de los niños eran más bien simbólicos pero representaban un complemento para las familias. La tragedia aconteció el jueves 23 de febrero de 1905, un día cualquiera. Según los medios de la época, fue “un desgraciado accidento fortuito, imposible de prever”.

De repente, el chico de Caparrós cayó dentro de un tanque de tinte hirviendo y sufrió graves quemaduras en buena parte del cuerpo, especialmente en las piernas. Enseguida todos los compañeros se movilizaron para trasladarlo a la enfermería de la colonia, pero los días pasaban y las llagas no cicatrizaban. Los tejidos de las piernas no adquirían elasticidad. Al final, tomaron la decisión de trasladar el enfermo al Hospital del Sagrado Corazón de Barcelona y el chico quedó a cargo del doctor Cardenal.

Después de analizar el caso, el experto reunió a la familia, sencillos obreros textiles residentes de la colonia, y les explicó su diagnóstico. No hay más solución que recurrir a la autoplastia: se trata de una operación quirúrgica en la cual una región destruida es sustituida por un tejido parecido procedente del mismo individuo. El niño, pero, no tenía suficiente piel. En este caso había que buscar donantes sanos, robustos y valientes. El doctor avisó que la piel de estos se tendría que arrancar de la carne viva y sin anestésicos ni paliativos. Se trataba de una operación muy complicada y en la cual participarían varios médicos. Además, la decisión se tenía que tomar sin demora, puesto que si no había suficientes voluntarios la amputación de las piernas tenía que ser inminente si se quería salvar la vida del pequeño antes de que la infección se esparciera.

Josep Gaspar Villarrubias, cura de la colonia, fue quién trajo la noticia a Santa Coloma de Cervelló. Esta se esparció por toda la fábrica y sus instalaciones en pocos minutos. El mismo sacerdote fue el primero en apuntarse a la lista de voluntarios para dar piel al pequeño Josep. Al saberlo, los hijos del propietario también comunicaron a su padre que se ofrecían a dar un trozo de su epidermis para salvar la vida de un obrero de su colonia. La lista de donantes quedó cerrada con treinta y cinco nombres altruistas dispuestos a sacrificarse. Fue tanta la solidaridad que el médico se vio obligado a hacer una selección de los más idóneos según sus características, edad y estado de salud. Unos días más tarde, La Vanguardia publicaba la lista de los diez héroes, todos hombres de entre 19 y 36 años. “Acaso una lágrima, producida por el dolor físico, se escara de sus ojos: pero, de sus labios… ¡ni una queja!”, escribe el cronista. La operación se realizó con éxito y afortunadamente después no surgieron complicaciones. De hecho, una vez recuperado, Josep Caparrós continuó trabajando en la colonia.

Esta historia, que ha sido novelada en libros como “La pell de la revolta” de Jordi Sierra i Fabra, es destacable por dos elementos: en primer lugar, obviamente, por el nivel de hermandad que un hecho así desbordó en una comunidad como era una colonia industrial, pero, sobre todo, hay que destacar el rasgo interclasista de los donantes en una sociedad estrictamente jerarquizada y en un momento en que la patronal y los sindicatos en Barcelona se comunicaban con disparos y bombas. En esta ocasión, pues, por primera vez empresarios, iglesia y trabajadores se unieron ante un acto singular de gran hermandad. Tan singular fue este gesto que el rey español, Alfonso XIII, y el Papa Pio X, decidieron condecorar a los donantes. La situación era tan tensa que algunos llegaron a decir que el gesto de los amos había sido solo una estrategia por tranquilizar a los obreros. Quizás sí, pero más de cien años después, y ante alguien que se deja arrancar la piel, vale la pena creer en la bondad del hombre.