TODOS LOS CIUDADANOS SOMOS MODELOS

Revista Valors (valors.org)

Los últimos meses hemos visto ex miembros de la clase política, de la Casa Real, de la banca, del mundo empresarial, sanitario y cultural sentados ante la justicia acusados de corrupción; un fenómeno que pone en entredicho la credibilidad de las instituciones. Así, pues, en un contexto como este, no es extraño que el valor de la ejemplaridad sea reivindicado con fuerza.

Es un valor básico para el crecimiento del hombre, teniendo en cuenta que una de las principales vías del aprendizaje del ser humano es la imitación. De pequeños, nos fijamos en los otros para aprender a andar o a hablar y, de mayores, la conducta de los otros también nos sirve de referencia en el momento de tomar decisiones o comportarnos.

Cuando solicitamos a nuestros líderes sociales, políticos, religiosos o culturales que sean ejemplares, les pedimos una forma de actuación pública digna de ser imitada, es decir, que actúen con fidelidad a las leyes y de forma ética; que tengan excelencia moral. Pero ¿es esta petición un grado de exigencia muy alto o la condición mínima que tendrían que tener si quieren ostentar un cargo público? Y esto nos trae a otra pregunta: ¿Qué tenemos que considerar ejemplaridad pública? ¿Solo aquella que supuestamente tienen las personas con influencia social?

A veces exigimos ejemplaridad exclusivamente a referentes sociales visibles sin mirarnos al espejo. La vara de medir solo sirve por aquellos que aparecen en los medios de comunicación, pero nos olvidamos que nosotros podemos ser modelos de ejemplaridad para el resto de ciudadanos, para nuestros hijos, para nuestros amigos, para los compañeros de trabajo… Un maestro, un monitor, un catequista, un padre o una madre también son modelos a imitar. Es evidente que su grado de influencia es menor, pero nadie se libra de la ejemplaridad. En este aspecto, no hay diferencia entre esfera pública y privada. Todo el mundo, bueno o malo, es ejemplo de vida y decidir hacia donde cae el peso de la balanza es nuestra decisión.

La ejemplaridad pide coherencia, responsabilidad, humildad, justicia, prudencia… No es fácil. Y en una época en que los liderazgos también están en crisis, encontrar modelos de referencia todavía es más complejo. Hay que condenar enérgicamente la corrupción y todo acto éticamente reprobable, pero no podemos olvidar que todo ser humano es frágil y vulnerable. No podemos exigir a los referentes públicos aquello que nosotros tampoco practicamos, una hipocresía muy común en esta sociedad. La búsqueda de la excelencia ética, la voluntad de ser modelos de ejemplaridad, tendría que ser objetivo de todo ciudadano, independientemente de nuestro grado de influencia.