LA INSOLIDARIDAD DE LOS ANTIVACUNAS

Àngel Puyol – Revista Valors (valors.org)

 

Algunas familias no vacunan a sus hijos por varias razones. La más importante es que tienen miedo de que las vacunas les hagan daño. Otro día hablaré de la racionalidad de este miedo y su trasfondo ético. Hoy, en cambio, me referiré a un aspecto ético concreto de los que no vacunan a sus hijos: la insolidaridad. La vacunación infantil tiene ventajas innegables.

Enumero las más importantes:

  1. Erradica enfermedades muy graves, como se hizo con la viruela el año 1980, y elimina otras, como por ejemplo la poliomielitis y el sarampión; y esperamos que pronto lo haga con la rubéola y la parotiditis. Para conseguirlo, se necesita más de un 95 por ciento de individuos vacunados.
  2. Salva vidas: 2’5 millones de muertes evitadas cada año en menores de cinco años.
  3. Reduce enormemente los casos y la gravedad de enfermedades como la tos ferina, hepatitis B, rabia, hepatitis A, tétanos, varicela…
  4. Previene la resistencia a los antibióticos, gracias al hecho de que evita tratar las infecciones.
  5. Protege los niños y niñas que no se pueden -o sus padres no los quieren- vacunar, gracias a la inmunidad de grupo que proporcionan muchas vacunas.
  6. Disminuye las injusticias sociales, puesto que favorece los más pobres, más expuestos a la enfermedad y la falta de acceso a los tratamientos.
  7. Aumenta la esperanza de vida de la población, puesto que algunas vacunas (gripe, neumococo) disminuyen el riesgo de enfermedades cardiovasculares.
  8. Reduce el riesgo de contraer enfermedades relacionadas con los viajes (fiebre amarilla, cólera, hepatitis A…).
  9. Baja los costes económicos de los tratamientos y el absentismo escolar (y laboral de los padres).

De todos estos datos y razones, me quiero centrar en la quinta; tiene un gran valor ético que a menudo pasa desapercibido. Las familias que vacunan sus hijos contribuyen a la inmunidad comunitaria de todos los niños de la sociedad, es decir, son solidarios con los que no se vacunan porque son intolerantes a los ingredientes de las vacunas o porque son contrarios a las vacunas. En cambio, los antivacunas son claramente insolidarios.

La salud es un asunto público, en el sentido que no es completamente privada: la buena o mala salud de unas personas a menudo afecta las otras, y buena parte de la inmunidad individual depende de la colectiva, de un entorno libre de infecciones. Si bien la comunidad no puede dañar los individuos en nombre de un bien público, estos no tendrían que poder renunciar a sus deberes con la comunidad cuando reciben un claro y substancioso beneficio a cambio de un daño inexistente en la inmensa mayoría de casos o de un riesgo que es razonable aceptar.

Obviamente, cuando las vacunas no son bastante seguras o eficaces, los ciudadanos no tienen el deber de aceptarlas; y cuando la vacunación de la población no contribuye a la inmunidad comunitaria, deja de estar en juego el valor de la solidaridad. En el resto de casos, los antivacunas son, además, víctimas de una paradoja, y es que no pueden universalizar la bondad de su acción sin incurrir en la contradicción de aumentar el riesgo de contagio de sus hijos, puesto que, si se extiende la práctica de la no vacunación, se puede perder la inmunidad comunitaria que está protegiendo la salud de todos los niños y niñas de la comunidad, sobre todo la de los no vacunados, que reciben todos los beneficios de la inmunidad comunitaria y no asumen ningún coste. Por lo tanto, los antivacunas no solo son unos parásitos sociales, sino que no pueden convencer a los otros de la bondad de su acción sin perjudicarse gravemente a sí mismos.