EL FANATISMO

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El fanatismo es el apasionamiento del fanático. Es una actitud o actividad que se manifiesta con pasión exagerada, desmedida, irracional y tenaz en defensa de, entre otros, una idea, teoría, cultura o estilo de vida. El fanático es una persona que defiende con tenacidad desmedida sus creencias y opiniones, también es aquel que se entusiasma o preocupa ciegamente por algo.

El psicólogo de la religión Tõnu Lehtsaar ha definido el término fanatismo como la búsqueda o defensa de algo de una manera extrema y apasionada que va más allá de la normalidad. El fanatismo religioso se define por la fe ciega, la persecución de los disidentes y la ausencia de la realidad.

Hoy en día se usa mayormente para designar a las personas profusas en su proselitismo hacia una causa religiosa o política, hacia un deporte, pasatiempo o hobby, o hacia una persona a quien idolatra.

Psicológicamente, la persona fanática manifiesta una apasionada e incondicional adhesión a una causa, un entusiasmo desmedido y/o monomanía persistente hacia determinados temas, de modo obstinado, algunas veces hasta indiscriminado y violento.

Relativo a las ideologías, etc., el fanatismo se refiere a las creencias de una persona o grupo. En casos extremos en los cuales el fanatismo supera la racionalidad, la ceguera que produce este apasionamiento puede llevar a que la persona fanática se comporte, en ocasiones, de manera irracional y/o extremos peligrosos, como matar a seres humanos o encarcelarlos, con el fin aparente o manifiesto de mantener esa creencia, considerada por el fanático o fanáticos como la única verdad.

 

LOS PELIGROS DEL FANATISMO INTRANSIGENTE

nuevatribuna.es   Albeto Soler Montagut

Podemos considerar fanáticos intransigentes a quienes se aferran a sus convicciones (religiosas, políticas, tradicionales, culturales y hasta deportivas) con un énfasis rayano en lo patológico por su sordera ante el criterio ajeno, su incapacidad para dialogar y su tendencia monotemática a hablar siempre de y desde su credo aunque el tema no lo requiera. Obstinados hasta la exasperación, los fanáticos intransigentes hacen extensiva su obsesión a cualquier faceta de sus vidas, comportándose como unos personajes insoportables que se sienten atacados cuando se les rebate.

El fanático intransigente se adhiere a su causa sin oponer trabas ni condiciones. Acata sin rechistar las mentiras con las que es captado y, en casos extremos, es hasta capaz de matar o morir por las ideas imbuidas en el disco duro de su raciocinio.

Sin duda, los fanatismos más peligrosos son el religioso y el político, dos paradigmas de la intransigencia en los que una supuesta moral en el primer caso, y una argumentación racional basada en mentiras y promesas en el segundo, conducen a las masas a una ceguera y una sordera selectiva que sólo les permite ver y escuchar lo que se les impone como dogma y única verdad.

Históricamente, la religión y la política han sido fuente frecuente de fanatismos arquetípicos capaces de convertir a hombres y mujeres libres en esclavos de las normas que unos sectarios e inteligentes adalides introyectan en sus mentes. El resultado, en el mejor de los casos, son conflictos sociales que dividen a la sociedad (e incluso a los microcosmos familiares) en dos sectores contrapuestos, y en el peor el inicio de un conflicto bélico. Las cosas se complican cuando el fanatismo religioso y político van unidos (como es el caso del terrorismo suicida yihadista) y las consecuencias pueden ser espeluznantes.

Pero, sin necesidad de llegar a tan dramáticas confrontaciones, cuando en una sociedad regida por unas normas de convivencia irrumpe un fanatismo enarbolando la premisa de “estás conmigo o contra mí”, es fácil que se rompa el equilibrio entre lo racional y lo emocional, y que personas sensatas e inteligentes se transformen de pronto en una suerte de trastornados abducidos por los delirios de un iluminado (y su organizada cohorte) que les contagia sus delirios y fantasías, y les promete un Nirvana que su razón jamás admitiría, aunque su yo emocional lo recibe con los brazos abiertos.

Un signo de alarma preocupante de que algo así pueda estar sucediendo en una colectividad es la proliferación masiva de individuos obsesionados con una quimera, personas hasta entonces razonables que de pronto exigen un imposible desde la realidad paralela donde se instalan, sujetos que consideran sus ideas innegociables y que se sienten amenazados por enemigos imaginarios cuando se les contradice. Esta metamorfosis en la percepción de la realidad es el resultado de una orquestada manipulación por parte de unos lideres con ínfulas de grandeza y hegemonía (o bien percepciones paranoicas de ser oprimidos en sus derechos) que impulsan a las masas a cometer actos de insumisión, haciéndoles creer que ellos (y no quienes sufren las consecuencias de su locura) son las únicas víctimas.

Evidentemente hay medidas y modos de prevenir estas situaciones, y también de intervenir para atajarlas cuando suceden, pero no es este el objetivo de un artículo donde sólo he querido exponer someramente el fenómeno de la intransigencia fanática.

 

ALGUNAS CARACTERÍSTICAS GENERALES DE LOS FANÁTICOS

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– Se creen dueños de la verdad y no aceptan cuestionamientos.

– No son personas razonables. Se alteran fácilmente. Son obsesivos. Son autoritarios. Se encierran en sus ideas. Son radicales o extremistas.

– No escuchan opiniones diferentes a las suyas.

– Suelen rodearse de personas fanáticas.

– Son discriminantes e intolerantes ante quienes piensan algo opuesto a ellos.

– En algunas ocasiones no miden sus actos cuando se trata de defender sus ideas.

– Afirman tener todas las respuestas y, no necesitar cuestionamiento de las propias.

– Donde impera el fanatismo:

– Es difícil que prospere el conocimiento, se detiene el curso evolutivo e innovador de la vida.

– Se establece un mundo contrario a la naturaleza humana evolucionante y en ocasiones propicio a la muerte. Un mundo donde se aleja la verdad, porque para profundizar en el conocimiento debemos estar abiertos a nuevos descubrimientos con humildad intelectual. Con una actitud dogmática resulta difícil llegar muy lejos intelectualmente.

– Son comunes la intolerancia, los conflictos sociales, las guerras, las masacres, las limpiezas étnicas y las injusticias.

– Los males del fanatismo pueden evitarse con la universalización de un comportamiento fraternal que acepte las diferencias.