LA ESCLAVITUD

La esclavitud es un sistema social que consiste en que unas personas (los amos) hacen trabajar por la fuerza a otras personas (los esclavos) bajo unas condiciones muy precarias (habitualmente sin más paga que la comida, la ropa y el cobijo imprescindibles para su supervivencia).

En este sistema, las personas esclavas son tratadas por sus amos como mercancías en propiedad, siendo vendidas, compradas y obligadas a trabajar o realizar otras tareas. Por lo tanto, los esclavos son privados de su libertad y demás derechos humanos.

La esclavitud es una de las relaciones más perversas que las personas han mantenido desde la antigüedad, especialmente en aquellos casos en los que el trato del amo hacia su esclavo se caracteriza por la violencia y la vejación. Es uno de los máximos exponentes de maldad y desprecio por los derechos humanos.

A lo largo de la Historia, la esclavitud ha estado institucionalizada y reconocida. Existió en todas las sociedades antiguas: Mesopotamia, India, China, Grecia, Roma, civilizaciones precolombinas, etc. Los esclavos se obtenían de los prisioneros de guerra, delincuentes, gentes de otra raza o religión, o personas que eran vendidas por sus familiares a cambio del perdón de una deuda.

En Europa, a partir del año 1100, la servidumbre del sistema feudal fue poco a poco suplantando la esclavitud, que a principios del siglo XVI había sido enteramente reemplazada por el trabajo más o menos retribuido.

Por el contrario, durante el periodo de colonización de África y América por parte de los imperios europeos, la esclavitud en estos continentes estaba muy extendida, aplicándose a los nativos de dichos territorios. Además, existía un sistema comercial en el que se “cazaban” personas jóvenes en África para enviadas a América, donde realizaban trabajos forzados, siendo tratados casi siempre como puras mercancías. Entre 1500 y 1850 se calcula que más de doce millones de africanos esclavizados fueron transportados América y que otros cuatro millones murieron por el camino.

Las tres grandes religiones monoteístas, Judaísmo, Cristianismo e Islam,  toleraron y a veces favorecieron la esclavitud, tendiendo a proteger sus fieles contra la misma, pero aceptando la esclavitud de los adeptos a otras religiones.

La esclavitud “clásica” perduró hasta bien entrado el siglo XIX y principios del XX en algunas regiones del planeta.
En la actualidad todos los países prohíben la esclavitud aunque se estima que existen todavía en el mundo entre 20 y 30 millones de esclavos “modernos”. La esclavitud actual se presenta de múltiples formas: matrimonios forzados, niños soldado, esclavitud por deuda, algunas formas de prostitución, etc., sobre todo en países de África y Asia en que la pobreza y la desidia abundan.

La esclavitud ha evolucionado a prácticas como la trata de mujeres y de niños, quienes son tomados por personajes sin escrúpulos para explotarlos sexual y laboralmente. Obviamente, los niños y las mujeres con menos recursos son la población más proclive a caer en estas circunstancias.

A pesar de las conquistas sociales de las minorías y de los avances que se han conseguido en todos los sentidos en la actualidad, hay muchísimas partes del mundo que aún siguen empleando la esclavitud igual que en los tiempos más remotos, casi como si el ser humano no hubiese evolucionado en materia social. Increíble pero real…

Kofi Annan, secretario general de las Naciones Unidas entre 1997 y 2006 y galardonado con el Premio Nobel de la Paz de 2001 dijo: “Donde existe la esclavitud, es negada la dignidad humana, y avergüenza a todos los que dicen ser misericordiosos o comprometidos con los débiles y vulnerables del mundo. Los derechos humanos no son otra cosa sino la insistencia en la erradicación de la esclavitud y de la coerción en todos los aspectos de la vida. Pero aún así, en el umbral del nuevo milenio, seguimos encontrando formas viejas, y lamentablemente, nuevas de esclavitud. Miles de personas de todo el mundo viven y mueren como esclavos en una forma u otra.”

La esclavitud se erradica sobre todo con educación; en todos los foros mundiales se llega a la misma conclusión, como si fuese un gran descubrimiento. Con educación cada ser humano se valora en su esencia, hace respetar sus derechos y se da cuenta que es tan importante como el que lo pretende dominar o esclavizar.

También debe haber un mayor y más efectivo control por parte de las autoridades supranacionales sobre aquellas zonas y actividades con mayor riego de explotación de seres humanos.

Además, todas las personas que estamos de acuerdo con que todo tipo de esclavitud es despreciable y que nos gustaría contribuir a su erradicación, como mínimo deberíamos apoyar, de una manera efectiva, a entidades como Amnistía Internacional, Human Rights Watch, Oficina del Alto Comisionado  para los Derechos Humanos de la ONU (ACNUDH)… así como a aquellas ONGs más pequeñas que, residiendo en nuestro entorno, trabajan con es te mismo objetivo.

Los casos de esclavitud contados en la historia de la humanidad son muchísimos y siempre están impregnados de relatos muy cruentos y violentos, con el absoluto maltrato, abuso y denigración de los individuos que la sufren. Muchos amos creían que solamente a través del sometimiento y la fuerza lograrían el favor del esclavo y su absoluta lealtad.

A continuación se reproducen unos cuantos relatos relacionados con la esclavitud.

 

 

 

 

 

 

LA SITUACIÓN DE LOS ESCLAVOS EN LA ANTIGUA ROMA

La esclavitud en la Antigua Roma constituía una de las características de la sociedad romana. A lo largo de toda la historia del Imperio Romano y su dominio sobre el Mediterráneo, Europa, África y Asia, la sociedad romana fue esencialmente esclavista, y tanto su economía como su estructura social se basaban en un sistema de clases donde el esclavo constituía el escalón más bajo de la sociedad. La mayoría de los esclavos en la Antigua Roma se adquirían a través de las guerras, los ejércitos romanos llevan los prisioneros de vuelta como parte de la recompensa de la guerra.

Delante del templo de Pietas, estaba la columna lactaria, donde eran depositados, expuestos, es decir «ius exponendi», los bebés abandonados, es decir, los que el pater familias se negaba a reconocer, para que alguien los adoptara. Esto casi nunca ocurría, sino que los recogían personas que los convertían en esclavos si eran hombres, y en prostitutas si eran mujeres. Los niños inútiles, deformes o débiles eran eliminados. El niño adoptado tomaba el apellido del nuevo padre. Cuando una esclava tenía un hijo, era responsabilidad de su amo aceptarlo en la familia. Que lo matara si no era aceptado no estaba mal visto, aunque más tarde pudo llegar a tener un tipo de reprobación moral.

Condición de esclavos, derecho y manumisión.

Dentro del imperio, los esclavos eran vendidos en subasta pública o, a veces en las tiendas, por venta privada para los esclavos más valiosos. La trata de esclavos fue supervisada por los funcionarios fiscales romanos llamados Cuestores. A veces los esclavos estaban expuestos en soportes rotativos, para ser mejor observados y junto a cada esclavo iba colgado para la venta un tipo de placa que describía su origen, salud, carácter, inteligencia, educación, y otra información pertinente para los compradores.

Para poder apreciar mejor sus cualidades y defectos siempre eran expuestos desnudos. Los precios variaban con la edad y la calidad, así los niños esclavos eran más baratos que los adultos, y entre estos últimos los más valiosos alcanzaban precios equivalentes a miles de dólares de hoy día. A modo de garantía, el concesionario estaba obligado a reemplazar con un esclavo nuevo dentro de los seis meses tras la compra, si el esclavo tenía defectos ocultos que no se manifestaron en la venta. Los esclavos puestos a la venta sin periodo de garantía estaban obligados a llevar una gorra en la subasta, y eran más baratos.

La vida como esclavo dependía en gran medida del tipo general de trabajo que se le asignaba, del que había una gran variedad. Para los esclavos, la asignación de las minas era a menudo una sentencia de muerte lenta. A los esclavos agrícolas generalmente les iba mejor, mientras que los esclavos domésticos de las familias ricas de Roma (familia urbana) probablemente disfrutaban del más alto nivel de vida de los esclavos romanos, junto a los esclavos de propiedad pública (servus publicus) que no estaban sujetos a los caprichos de un solo amo. A pesar de que su alojamiento y comida eran de una calidad notoriamente inferior a la de los miembros libres de la familia, puede haber sido comparable a la de muchos romanos libres, pero pobres.

Esclavos domésticos se podían encontrar trabajando como peluqueros, mayordomos, cocineros, empleadas domésticas, enfermeros, maestros, secretarios y costureras. Esclavos con más educación e inteligencia podían trabajar en profesiones tales como la contabilidad, la educación y la medicina. Los esclavos de ciudad solían tener familia y una gran autonomía. Podían lograr la libertad o manumisión de diferentes formas: Bastante irónicamente, con su propia muerte, cuando lo liberaban para que tuviera un entierro de persona libre. Con la muerte de su amo, en cuyo testamento solían liberar a sus esclavos como muestra de generosidad. Cuando eran liberados de este modo, se les dejaba alguna propiedad o dinero. Comprando su libertad, ya que después de haber pasado años de intermediario de su amo en los negocios, podían ganar un peculio. Por declaración ante un magistrado. Amo y esclavo defendían su libertad ante un magistrado. Si era aceptada, se le ponía un bastón en la cabeza como señal de su libertad. Muchos emancipados permanecían en sus casas haciendo las mismas labores, aunque con mayor dignidad.

Los esclavos eran propiedad absoluta de su dueño. Carecían de personalidad jurídica, de bienes, y hasta de familia propia. El esclavo romano no tenía derecho al matrimonio, al parentesco -no podía ejercer la paternidad ni la maternidad- ni a la propiedad. Los hijos eran vendidos y separados de sus madres. Sin embargo, mediante la potesta, podía adquirir, para su amo, toda clase de propiedades e incluso solicitar un crédito, aunque no estaba facultado para obligarlo a asumir deudas en su nombre.

Los esclavos ayudaban al amo a ponerse la toga, pues era una labor de gran complicación. Eran los encargados de recibir a los invitados, recogerles la toga y los zapatos y ofrecerles un baño caliente o un lavado de pies. Los más guapos y de mejores modales servían la comida vestidos de colores vivos, que contrastaban con sus cabelleras, con las que a veces sus amos se secaban. Los más agraciados servían el vino y cortaban los manjares mientras que los que limpiaban los platos y recogían las mesas iban peor vestidos. A cada invitado se le adjudicaba un esclavo “servus ad pedes” que permanecía a sus pies. Los que nacían como esclavos y eran educados, formaban una clase privilegiada entre la servidumbre. No se les permitía entrar a representaciones teatrales. A los esclavos se les adjudicaban las tareas de acuerdo a su nivel cultural. A los esclavos se les podía poner un collar con una placa en la que se leería “tenemene fucia et revo cameadomnum et viventium in aracallisti”, traducido como “detenedme si escapo y devolvedme a mi dueño”.

El precio de un esclavo nos llega a través de Catón, y sabemos que era de promedio unos mil quinientos denarios, precio que subió a lo largo del siglo II a. C. hasta alcanzar los veinticuatro mil sestercios. Algunos esclavos tenían la consideración de personas libres, bien por la humanidad de sus amos o por el trabajo intelectual que desarrollaban. Esto pasó con los esclavos procedentes de la Antigua Grecia, que en cierto modo el amo consideraba de mayor educación que la suya. Estos eran los que servían como secretarios, administradores o educadores.

En el siglo III se redujeron las masas de esclavos y estos empezaron a valorarse casi como personas libres. El emperador Diocleciano era hijo de un esclavo que había comprado su libertad. Los libertos fueron a partir del siglo VI, según el emperador Justiniano I, ciudadanos sin distinción alguna procedentes de la esclavitud. Si no conservaban los lazos de fidelidad a sus casas eran llamados libertos ingratos. Ejercían mayoritariamente la labor de comerciantes o artesanos, y en menor medida de maestros romanos (ludi magister), gramáticos (encargados de la enseñanza secundaria), banqueros o médicos, que no tenían la remuneración.

La economía romana, como su sociedad, dependían del trabajo de esclavos, que eran fundamentales en los latifundios, minas e industrias. Esta economía aumentó a partir del siglo II gracias a las victorias de Julio César, que puso en subasta a aproximadamente un millón de esclavos durante la Guerra de las Galias (58-51 a. C.) En Delos, llegaron a subastarse hasta diez mil esclavos en un solo día.

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NOSOTROS, ESCLAVOS DE SURINAM

“Una vez que el barco negrero había arribado a Surinam y, durante unos cuantos días, la alimentación había vuelto a ser aceptablemente buena, los infelices esclavos eran bañados y a continuación embadurnados con manteca y aceite; además, se les cortaba el pelo rasurándoles la cabeza de manera que quedaran formadas con el cabello que se dejaba sin cortar, toda clase de figuras como estrellas, medialunas y otras varias, con el fin de ponerlos en ridículo, expuestos a la burla y a la risa de los blancos, tan exquisitamente educados en aquellos tiempos”.

Quien escribe es Antón de Kom, surinamés nacido en 1898, descendiente directo de esclavos y estudioso de este tema. Sus relatos son tan patéticos y muestran tal brutalidad en el trato de los esclavos que cualquier relato fantasioso sobre la maldad humana, queda empequeñecido.

“La viuda Mauricius, una dama de la más alta sociedad en Surinam, hizo atar a un árbol a una vieja esclava y azotarla hasta ocasionarle la muerte. Ella mismo explicó que lo había hecho movida por un simple capricho, ya que experimentaba un gran deseo de ver sufrir a la anciana nodriza. Varios de sus esclavos había corrido esa misma suerte: incluso tres niños pequeños de su plantación eran frecuentemente castigados en el “potro español”. Ante la intervención de la justicia por los malos tratos la viuda admitió los hechos y respondió: “como se trata de bienes de mi propiedad, por los cuales pagué con mi dinero, puedo destruirlos”.

El dueño de la plantación “Arendrust” “tuvo conocimiento que uno de sus esclavos estaba enamorado de la esclava Betje, la querida del amo. Mandó a azotar al esclavo, quemarlo por todo el cuerpo y luego clavarlo a un cepo de madera. Cuando el desgraciado sucumbió a tales tormentos, lo echaron a un pozo, cubriéndolo de cal viva. Betje, que no era indiferente a los reclamos del esclavo, fue asimismo azotada hasta hacerla sangrar y sometida a quemaduras”. Las mujeres que placían al patrón, debían servirle en la cama y los niños que de esa unión nacieran iban engrosado la riqueza del propietario.

El caso más escabroso que relata A. de Kom es el siguiente: “Claas Badouw, director de la plantación “La Rencontre” acuso injustamente a su esclavo Pierro de haber intentado envenenarlo. Pierro fue conducido a la cocina donde le seccionaron los diez dedos de las manos y los diez dedos de los pies con un afilado cincel. Seguidamente fue obligado a comérselos. Badouw tomó con su propia mano un cuchillo y le cortó una oreja al esclavo la que también tuvo que comer. Entonces el caballero blanco empuñando una navaja le cortó la lengua y le ordenó que la tragara. Agonizando de dolor Pierro emitía algunos sonidos lo que puso furioso a Badouw que con una tenaza le arrancó el trozo de lengua que le quedaba. A continuación fue llevado al embarcadero del río y atado dentro de un viejo bote. Intentándose quemarlo vivo mediante hierba seca de la orilla, a la cual se prendió fuego. Como la hierba no producía la suficiente llama, Baudouw dio la orden de desatar al esclavo, azotarlo y enterrarlo, vivo aún, en un foso…”

Historias recogidas por Guillermo Giacosa (periodista) del  libro de A. de Kom, “Nosotros, esclavos de Surinam” publicado por Ediciones Casa de las Américas.

 

 

 

EL TÍO TOM, EL MELODRAMA Y LA ESCLAVITUD

 En los comienzos de1850, en Estados Unidos, Walt Whitman publicaba “Hojas de Hierba” y vendía diez ejemplares de su primera edición,  Herman Melville, “Moby Dick”, Nathaniel Hawthorne “La letra escarlata”, Henry Thoreau “Walden o la vida en  los bosques”. Ninguno de ellos tuvo el suceso ni provocó un efecto tan inmediato y trascendente como un libro sin grandes méritos literarios escrito por una mujer: Harriet Beecher Stowe. El libro: “La Cabaña del Tío Tom”. Las ventas: diez mil ejemplares en una semana y más de trescientos mil en el primer año.  Después de la Biblia, “La Cabaña del tío Tom” fue el libro más vendido del siglo XIX. Su tema central: la esclavitud.

Cuando el libro apareció, Estados Unidos se encontraba en los inicios de un conflicto que se desencadenaría en la década siguiente. Los estados del norte, industrialistas y abolicionistas y los estados sureños, agrícolas y esclavistas. Se debatía un modelo de país. El Sur necesitaba de los esclavos para tener mano de obra económica en el cultivo del algodón. El Norte, la libertad de los esclavos para incorporarlos al nuevo sistema industrial en el que se necesitaba crear una clase obrera que gastara en el mercado lo que ganaba en las fábricas. Ni unos ni otros tenían ningún ideal humanitario. Era una cuestión económica. Pero, los intereses económicos del Norte coincidían con el ideal de libertad mientras que los del Sur chocaban contra él. “La Cabaña del Tío Tom” aparece en el contexto de esta discusión. Sin embargo, Stowe no está motivada por razones políticas ni económicas. Es una cristiana, hija de un pastor, casada con un pastor viudo, que realmente cree en la igualdad y en imponer la piedad entre los hombres. Su novela provocará más polémicas y transformará en abolicionistas a cientos de miles de lectores. Una obra de ficción que logró lo que no consiguieron ni los pasquines políticos ni los libros políticos y filosóficos que trataron el tema de la esclavitud. Años después, Lincoln, al conocer a la escritora le dijo: “Así que es usted la responsable de iniciar esta gran guerra”. 

Harriet Elizabeth Beecher Stowe vivía en Connecticut y no conocía el Sur, apenas había hecho una corta visita en el estado de Kentucky. Pero su padre era un abolicionista y su sirvienta le contó historias de los esclavos. Harriet era ama de casa, madre y escribía para conseguir un poco más de dinero para la familia. Su nombre como escritora ya era un poco conocido cuando comenzó a publicarse en el National Era, un periódico abolicionista, la historia de Tom. Un año después, sería editado el libro. Las repercusiones fueron extraordinarias. Los lectores del Norte se mostraban horrorizados ante las atrocidades que se cometían en el Sur con los esclavos negros. Los lectores del Sur aseguraban que todo era una mentira ideada por la mente enferma de una mujer. Como respuesta a las acusaciones de falsedad, Beecher Stowe escribió, en 1853, una obra: “Claves para la Cabaña del Tío Tom”, en la que reunió una enorme cantidad de artículos periodísticos y de denuncias sobre casos reales que mostraban la injusticia y la crueldad que se ejercía sobre los esclavos. Lo que contaba ahora superaba en mucho su relato de ficción. Desde entonces, nadie pudo poner en duda la forma en que los autoproclamados “caballeros del Sur” usaban sexualmente a las mujeres negras, cómo castigaban a latigazos a los indisciplinados, y las condiciones infrahumanas en las que vivían los negros. Algo por completo diferente a los comprensivos y generosos amos blancos y a los juiciosos esclavos negros que presentará, en el siglo siguiente, Margaret Mitchel con su novela rosa “Lo que el viento se llevó”.

“La Cabaña del Tío Tom” dio paso a una industria que se formó a su alrededor: juguetes, estatuas, pañuelos, vajillas, con las imágenes de los personajes se vendieron por miles. El episodio en que Eliza se fuga con su hijo en brazos para alcanzar territorio libre y debe cruzar el río Ohio se convirtió en una escena esencial del teatro estadounidense, cuando se dramatizó el libro en los “Tom Show” que recorrieron los estados norteños. Eliza con su hijo en brazos provocó más llanto que todo lo que había producido la ficción hasta entonces. Muchos estuvieron de acuerdo en que Beecher Stowe había sido la promotora del triunfo de Lincoln.

Pocos libros han significado tanto en la historia de los países como “La Cabaña del Tío Tom”. Mucho menos llegar a convertirse en un fenómeno social. Esto es lo que fue ese melodrama en el que una señora ama de casa y escritora en su tiempo libre contó la historia de unos negros esclavos llamados Tom, Eliza, Eva, George, Chloe, Emmeline y Topsy. Un libro sin mucho valor literario pero con un inmenso valor social siendo uno de los más formidables arietes para derribar la esclavitud y combatir la injusticia y la crueldad que constituyen cualquier forma de racismo.

juancarlosboveri.wordpress.com