El ABUELO QUE ABRAZABA LOS BEBÉS INGRESADOS

Ramon Radó – Revista Valors  https://valors.org/

A David Deutchman lo conocían como el abuelo de la UCI. El sobrenombre se lo pusieron por su labor de voluntariado en un hospital infantil de Atlanta, Estados Unidos, donde iba dos veces por semana a hacer compañía a bebés prematuros ingresados en la Unidad de Cuidados Intensivos. La historia de Deutchman se hizo popular hace más de tres años, gracias a Logan, un niño que entonces solo tenía seis semanas de vida. Cada noche, su madre tenía que volver a casa para cuidar de su hija mayor y se veía obligada a dejar solo a Logan, que había nacido a las veinticinco semanas.

Una mañana, de vuelta al hospital, la madre de Logan encontró su hijo en los brazos de David Deutchman, que se presentó a si mismo como el abuelo de la UCI. Maravillada, la madre le hizo una foto: la imagen de aquel señor medio sonriendo a la cámara, convoyando un Logan que apenas media como su antebrazo y duerme con las vías respiratorias que le salen de la nariz, empezó a correr por los medios.

Nacido en 1934 en el barrio del Bronx, en Nueva York, Deutchman estuvo dos años en el ejército y, casado y con dos hijas, se trasladó en Atlanta. Durante cuatro décadas, prácticamente toda su carrera profesional, trabajó en la sección de ventas internacionales de una empresa de ropa íntima femenina, de la cual llegó a ser vicepresidente.

Ya jubilado, un día tenía hora con el médico y, saliendo, se paró en el edificio contiguo, el hospital Children’s Healthcare. Explicó en recepción que tenía ganas de hacer de voluntario en el hospital, de hacer algo con niños, y allí empezó todo.

Cada martes, iba a la unidad de neonatales y, cada jueves, hacía lo mismo en la unidad de pediatría. Se estaba un rato con los niños que no tenían familiares acompañándolos, los abrazaba y los mecía. “A veces me vomitan, a veces me orinan, pero es genial”, decía describiendo su tarea en el hospital.

Con la trayectoria profesional acabada, podría haberse quedado en casa y disfrutar de una jubilación dorada. No lo hizo: quiso dedicar una parte de su tiempo a los otros y decidió que le tocaba ayudar a los más débiles mientras todavía podía. Su familia ha explicado que Deutchman decía que aquellas tardes le daban muchos más beneficios a él que no a los bebés. Y las enfermeras explican que no recuerdan haber visto nunca un bebé llorando en los brazos del abuelo David.

Sin embargo, más allá del gesto cariñoso, el voluntariado de Deutchman tenía un impacto científico. Los estudios señalan que, para los bebés nacidos antes de la semana treinta y siete, las curas y el contacto cuerpo a cuerpo no solo los ayudan a desarrollarse, sino que también les aportan mejoras emocional y psicosocialmente.

Durante catorce años, son incontables las criaturas que Deutchman abrazó y meció. Cuando le diagnosticaron cáncer de páncreas, algunos de ellos, ya algo más crecidos, quisieron decir adiós al hombre que les había hecho compañía durante tantas tardes. Con las visitas prohibidas a causa de la pandemia, el hospital organizó una caravana de coches hasta la casa de Deutchman y, desde fuera, los gritos de ánimos y los cláxones sonando despidieron el abuelo de las UCI. Diecisiete días después de que le diagnosticaran el cáncer, murió.

 

 

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