EL SOLDADO HERIDO

Durante la Gran Guerra, un soldado cayó gravemente herido en el campo de batalla. Pasó muchas horas herido en el suelo, pero por allí no pasaba nadie. Finalmente, un pasó un coronel, seguido de unos cuántos suboficiales. Un sargento vio que aquel hombre todavía estaba vivo, y le dijo al coronel:

– Señor, aquí hay un hombre que todavía se mueve.

El coronel se lo miró, y al ver sus heridas, dijo:

– No hace falta que hagamos nada. Este hombre ya no sirve para luchar. Dejémoslo aquí.

Más tarde, pasó un grupo de soldados, entre los cuales había el médico de la unidad. Uno de ellos se dio cuenta que el hombre estaba vivo, y fue a llamar al doctor.

– ¡Doctor, doctor! ¡Este hombre todavía está vivo!

El doctor lo examinó, pero al ver aquellas heridas tan feas dijo:

– No hace falta que nos lo llevamos. El hospital ya está lleno. Y este hombre no lo salvaremos.

Más tarde pasó un vehículo con un grupo de soldados. Se dedicaban a recoger los fusiles y la munición de los que ya estaban muertos. Se acercaron a nuestro hombre y, mientras le estaban cogiendo el fusil, él consiguió dirigirles estas palabras:

– ¡Por favor! ¡Por favor!

– ¡Sargento! ¡Aquí hay un hombre vivo!

El sargento se acercó, lo miró de arriba abajo, y frío como el hielo dijo:

– Nuestras órdenes son recoger fusiles, no heridos. Además, el vehículo ya va muy cargado de peso, no podemos llevarnos a nadie más. Ya se hará cargo la ambulancia.

– ¡Por favor! –todavía dijo el herido.

– Tranquilo. Cuando lleguemos a la Unidad les diremos donde estás para que envíen la ambulancia.
Pasaron las horas lentamente y por allá no vendía ninguna ambulancia. Finalmente se hizo de noche.

El soldado herido tuvo unos sueños terribles. Uno a uno, veía desfilar delante suyo los rostros de sus compañeros y superiores de la Unidad, que se reían de él y decían «Ya no sirve para nada. Está más muerto que vivo. No es nuestro problema. Dejémoslo aquí. Dejémoslo.».

Al día siguiente por la mañana, el soldado se despertó con el rostro bañado por el sol. Había aceptado ya que moriría allí, y rogaba a Dios para que se lo llevara pronto y no alargara más su sufrimiento. Entonces oyó un rumor. Eran tres soldados enemigos que pasaban por allí. «Si el enemigo me ve, me dispararán, y así ya no sufriré más», pensó. El hombre levantó un brazo para hacerse ver.

Uno de los soldados enemigos vio que se movia, y en una lengua desconocida, llamó a los otros. Los tres se acercaron. Murmuraban entre ellos.

Entonces uno sacó una pequeña hacha, se agachó, y dijo “no-sé-qué” al soldado herido. Se dio media vuelta y marchó. Los otros buscaron en sus mochilas y, finalmente, sacaron una manta. El hombre del hacha volvió con dos palos muy largos. Con la manta y los palos construyeron una litera, cargaron al herido, y se lo llevaron.
Lo llevaron al hospital del cuartel enemigo, donde le cosieron las heridas y le dieron de comer y de beber.

Se pasó un mes en aquel hospital, pero finalmente vivió.

Al acabar la guerra, el hombre intentó encontrar aquellos tres soldados enemigos que se habían convertido en sus mejores amigos, pero no sabía nada de ellos y no los pudo encontrar.

Cada noche rogaba a Dios y le pedía que, estuvieran donde estuvieran, aquellos tres hombres vivieran felices y no carecieran nunca de nada. Y casi seguro que así era.

Jordi Medina

 

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