NUNCA ES TARDE PARA APRENDER

(Un tributo a mi madre Fatou Drame)

Carme Diaby     25/05/2021    https://catalunyaplural.cat

Esta es una historia familiar. Un tributo a mi madre y al esfuerzo que tuvo que hacer al llegar a España desde Senegal. Porque existe el orgullo de madre, pero también el orgullo de hija.

Mi familia dice que mi nombre viene de un juramento que hizo una monja hace muchos años.

La historia comienza en el nacimiento de mi madre. Ella era la primera hija.

En Senegal dicen que si el primer hijo es una niña, quiere decir que el padre tendrá mucha suerte y prosperidad, Pero claro, en ese momento todo era sorpresa, no había ecografías y menos lugares donde hacer el seguimiento del embarazo. Pero esto no impidió que mis abuelos no sintieran alegría, emoción y sobre todo intuición hacia una vida nueva.

No sé si el nacimiento de mi madre o el destino, actuaron de alguna manera. Pero lo que sé, es que ese momento mi abuelo era un hombre con mucha suerte, estudiaba y trabajaba como ayudante dentro de la escuela «Misión Católica» del pueblo de Kedougou en Senegal. Era un chico muy listo y terco que quería aprovechar cada minuto para aprender todo lo posible para ayudar a su pueblo. En la escuela donde trabajaba estaba fundada por Monjas blancas, su misión era que todos los niños y niñas sean católicos o no tuvieran acceso a la educación.

Mi abuelo tenía mucha afinidad con una monja que se llamaba Sofi, era una mujer alta, con ojos grandes y de color café. Era activista y luchadora de los derechos humanos. Esto la motivó a reunir un grupo de activistas senegalesas, para ir pueblo por pueblo a explicar la importancia y el impacto que tiene cuando un niño tiene acceso a la educación. Ellas siempre decían que los niños son el motor del futuro.

Un día mi familia invitó a la Monja Sofi a comer, ese día hicieron una gran fiesta, prepararon un plato tradicional que se llama de Chepp Dieng. En aquella comida Sofi y mi abuela Nene hablaron horas y horas, las dos quedaron deslumbradas al darse cuenta de que eran exactamente iguales, pero de dos mundos diferentes. Mi abuela era la alcaldesa del pueblo, una mujer alta, elegante, cuando camina parece una princesa africana, con sus vestidos y turbantes de colores alegres que hacen juego con la naturaleza que la rodea. En esa conversación las dos conectaron con el poder femenino, con las ganas de cambiar el mundo y romper con todos los estigmas.

Pero esta relación estuvo afectada por las tradiciones patriarcales que sentenciaron a mi madre a no ir a la escuela por el simple hecho de ser mujer. Mi abuelo decidió que ella no fuera a la escuela para ayudar a hacer las tareas del hogar. Este hecho hizo que la monja Sofi intentase convencer a mi abuelo porque mi madre tuviese una educación, pero no pudo evitar que meses después la desapuntara del centro.

Pasan los años, mi madre tiene veinte años, y dos hijas. La falta de libertad que tuvo durante toda su infancia hace que no se planteara que exista otra realidad.

Nada de lo que tiene lo ha elegido, ni siquiera estar en otro país completamente diferente del suyo, España.

Ella siempre me dice que cuando llegó a Barcelona, ​​estuvo llorando dos semanas seguidas. ¿Tú imaginas estar en un país, donde la comida, la lengua, o las caras sean completamente diferente de las que estás acostumbrado a ver?

El impacto de ver otras mujeres de su edad que sabían leer y escribir, hizo que conectase con la injusticia que había vivido por el simple hecho de ser mujer.

Con una conversación que tuvimos me dijo: «estaba asustada, no sabía cómo os educaría». Mujer, negra, migrada y analfabeta. Todos los ingredientes para que la sociedad se sienta con el derecho de marginarte. La gran mayoría de mujeres migrantes no han tenido acceso a la educación, muchas se apoyan en sus hijos, donde ven una esperanza para poder sacar adelante la familia.

En nuestro caso mis hermanos y yo con ocho años nos encargábamos de leer las facturas de la luz y el agua para poder explicar cuanto tenían que pagar aquel mes. Éramos niños adultos, entendimos muy rápido que nos tocaría hacer el rol de padres si queríamos que la familia, tirase adelante. Para los hijos de inmigrantes es muy duro ver las dos realidades. Muchas veces iba a casa de un compañero de clase y veía como su madre le ayudaba a hacer deberes, era una imagen muy impactante porque en ese instante conectaba con mis padres, y pensaba … «Como me gustaría que mi madre también me enseñase a corregir las faltas de ortografía o incluso como me gustaría pasar la tarde con ella y poder leer juntas mis redacciones».

La sociedad en que vivimos también ha hecho que detectase el racismo muy rápido. Cuando iba con mi madre a comprar o hacer alguna gestión, veía como las recepcionistas, le hablaban más fuerte o vocalizaban de una manera muy peculiar, a veces me preguntaban a mí si mi madre entendía catalán dando por hecho que no entendía nada. Aquellos momentos eran muy incómodos porque toda la gente nos miraba como si fuéramos de otro mundo o incluso a veces sentía algún comentario como este «mujer haber estudiado» «no tenemos tu tiempo».

Estos hechos hicieron que mi madre decidiera por primera vez, darse el derecho aprender. Por primera vez ella decidió, rompió con el patriarcado, y se apuntó a la escuela de adultos. El primer día de clase descubrió que no era la única mujer que habían privado de ir a la escuela, sino que había muchas más que estaban en la misma situación. A su clase van mujeres que ya no quieren ser mandadas y que quieren reconducir su vida para poder sentirse libres de decidir hacer lo que quieran.

Después de tres cursos escolares, hoy en día mi madre ya sabe leer y escribir.

Estos años han sido muy emocionantes. Ayudarla a hacer los deberes o leer juntas ha hecho que por fin tuviera ese espacio que siempre buscaba cuando yo era pequeña. Ver a tu madre feliz por sacar un nueve en un examen con cuarenta años es una imagen que contaré a mis futuros hijos, para que puedan ver el valor, la importancia, y el impacto que tiene la educación.

 

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